Reinicio

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Llevo mucho tiempo sin dar puntada por esta ventana al mundo. Hoy no habrá relato ni historia, sólo un apunte de reflexión:

“Siempre me ha pasado, ha sido algo recurrente, algo casi mecánico en mí. Llegar a vivir a un nuevo lugar implicaba hacer cosas, actividades que me gustasen, para encontrar gente a fin. Y funcionó muy bien, gracias a eso encontré  amistades que sobreviven  no sólo al tiempo, sino también a la distancia.

Este mes justamente han pasado por casa dos de ellas, una de Lugo (Fe) y otra de Jerez (Laura). Ha sido gratificante y enternecedor ver como el reloj y los kilómetros no han mermado la confianza, la honestidad y el cariño.

Sin embargo, aquí, en esta ciudad que al principio me pareció obtusa y renegué de ella durante los cuatro primeros meses, (jamás olvidaré los cuatro últimos de 2015, pesadilla para olvidar) no he sido capaz de establecer el mismo cuadro de comportamiento.  Simplemente no me apetecía, era cansancio, hastío de tener que volver a empezar de nuevo.

De hecho empiezo a remarcar que aquí está funcionando de otra manera, sin hacer ese esfuerzo, que no me apetece nada,  el día a día me va colocando delante de personas con las que voy cuadrando. Es una forma extraña de hacerme con ese círculo, más lenta que la usada hasta ahora , pero más certera . Noto que esas personas, conocidos que se van convirtiendo en amigos, me ven más nítidamente y yo a ellos igual. A veces siento que es un proceso muy lento, casi a paso de tortuga, pero más profundo. Quizás sea sólo que yo cambié mi forma de ver las cosas y relacionarme. Quizás sea eso que llaman madurez. Quizás únicamente sea. Quizás.”

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Pretérito presente.

Ayer en la presentación de un libro recordé algo que escribí hace cinco años sobre un hijo y sus padres. Lo dejé inconcluso, hoy lo he vuelto a leer y me ha sorprendido. Aquí lo dejo: “Pretérito presente”:

“Es el chocolate el que no me deja dormir, o la ensalada, quizás la ensalada, alguna vez alguien me comentó que comer manzana antes de dormir no era bueno, que lo espabilaba a uno, que tenía un tipo de estimulante. Esta noche no he comido ninguna de esas tres cosas pensando que así podría llegar antes el sueño, incluso pasé del té de la tarde, no fuera a ser que luego la teína me jugase una mala pasada justo al meterme en la cama. Pero ya son más de las doce y llevo una hora buscando la postura, ora la almohada me sobra ora la necesito justo debajo del cuello.
Ella también hacía lo mismo, Paula, mi madre, la que pasó a la historia de las historias, personaje principal y casi mágico. Sí, ella solía mover la almohada unas cuantas veces antes de encontrarse a gusto, entonces me agarraba y me contaba al oído, en forma de susurro, el cuento de la bruja medio mala. Nunca llegaba a estar despierto hasta el final, ni tampoco llegaba al principio, a veces me quedaba a la mitad, porque su respiración, su aroma corporal me dejaba adormilado en cuestión de segundos ¿Será por eso? ¿Será que me falta esa valeriana? ¿Sentirme acunado? Basta de tonterías, con cuarenta años, si mi mujer supiera los pensamientos que corren por mi cabeza me echaba de casa de una patada en el culo al grito de “A ti te falta un hervor o ¿qué?”
Sí, algo así gritó mi padre a Paula, algo así que con los años conseguí borrar. Vivir con el hueco que ella dejó y mi padre fue un infierno. Paula, amada Paula, siempre sonriente, siempre alegre, te tocó de pareja un ogro y escapaste, pies en polvorosa, tu melena, tus ojos sinceros, esa sonrisa aquel día, me abrazaste, me diste un beso y sonriente, siempre sonriente, me dijiste que me cuidara, que cuidara del ogro, que la bruja medio mala tenía que ir a hacer nuevas pócimas. Yo no entendí nada, con seis años eso no se entiende, me enfadé con el ogro, lo culpé de tu huída, pero nunca pude mostrarle nada, papá era tan frío que hasta Lucita, la cocinera, intentaba siempre salir media hora antes de que llegase él para no tener que cruzar ni unas buenas tardes.
Esto no soluciona que sea casi la una de la madrugada, no soluciona que mañana tenga que levantarme a las siete para ir a trabajar con ojeras, no, Paula, no, papá. Ninguno de los dos vais a estar mañana diez horas en ese edificio haciendo máquinas que harán otras máquinas, y a su vez éstas harán máquinas que por objetivo tendrán hacer más inútil al ser humano y menos humano al que se encarga de sacar la materia prima para esas máquinas en esos terceros países. Máquinas, papá, máquinas, Paula, el niño salió informático, y después que si diseño de máquinas, y un máster por aquí y otro por allá, y ya está, trabajo, dinero y amor. Lo que cualquiera necesita para triunfar. Triunfar, ¿¡¡qué narices!!? Lo que yo necesito es dormir, como dormía en tus brazos, un sueño profundo, tranquilo. Sí, la bruja medio mala del cuento se parecía a ti, mamá, por eso me gustaba tanto que cada noche me contases sus historias, recorría medio mundo, a veces haciendo pócimas buenas, otras metiendo la pata, sí, era tu otro yo, a través de ella te desnudaste ante tu hijo, medio mala, medio mala,…Nadie podía pararte, nadie podía haber parado ese espíritu aventurero, por eso marchaste, yo no lo entendí entonces, me di cuenta después con el paso de los años, comprendí el porqué no quisiste decirme que marchabas, que me abandonabas, porque hubiese bastado una frase mía con unas lágrimas y te habrías quedado para siempre, para siempre, siempre, amarrada a él, al ogro. Me enfadé mucho, contigo, con el ogro, con los dos, la rabia la llevo dentro, no pude gritarle al ogro, ni llorarte a ti, décadas de rabia y pena. No es la manzana, no, ni el chocolate, es la rabia ¿verdad? Es ella la que me hace dar vueltas en la cama como un capullo, perdido en cuentos de infancia que quedaron en eso, cuentos. Dan las dos, ella, mi mujer, respira profundamente, ella, dulce, caliente, la única que me da realmente el pan de cada día, rico cuando ella quiere, amargo cuando no nos entendemos. Pero trabajando diez horas al día, ¿cómo puedo pedirle más? A veces me mira y suspira, me da miedo cuando hace eso, parece que echa algo en falta, algo que antes teníamos, cuando nos conocimos en la universidad, estudiantes, locos por llegar lejos y alto ¿Cuánto hace? ¿Veinticinco años? En todas esas horas nos ha dado tiempo a pelearnos y reconciliarnos, y volver a pelear y volver a reconciliarnos, y terminar la carrera y hacer el máster y el doctorado e hipotecarnos. Me da miedo perderla, ella cada noche me cuenta un cuento, sin palabras, con caricias, besos y silencios, me da miedo, me gustaría que me contase qué es eso que echa en falta, pero y si yo no pudiese dárselo, ¿qué pasaría? Me da miedo, por eso no pregunto, soy un cobarde mamá, pariste un cobarde.
El ogro no lo era, recuerdo como se encaraba ante cualquiera, implacable, robusto, valiente, todos en el pueblo lo respetaban, por miedo, Paula, todos le tenían miedo, él valiente, el resto unos cobardes, incluido yo, diciendo a todo que sí, sin musitar. Menos mal que cumplí los dieciocho, la libertad, me decidí por las máquinas, no porque me gustasen no, me decidí porque la universidad que estaba al otro lado del país era esa, la de las máquinas, lejos del ogro, casi a mil kilómetros. Supe esperar mi momento. Nunca más lo volví a ver, la rabia, Paula, la rabia me alejó de él, seguí estudiando, muy atareado, me mantuve siempre en proyectos para no tener que volver a verle la cara. Adiós, ogro, adiós.
Déjame de una vez, quiero dormir, que van a dar las cuatro, hace años que te dejé en el pueblo, ni una lágrima ni un beso el día que marché a estudiar, ni un abrazo, ni una palabra de aprobación y apoyo en toda mi niñez, ogro, que siempre lo fuiste. Aquel día te recuerdo verde, la cara verde, no la tenías verde, pero mi memoria te la pinta verde porque así son los ogros de mis cuentos. Lucita, la pobre, llorando, dándome abrazos, “que comas bien, mi niño, que tengas cuidado, ¿a ver quién se va a encargar de hacerte buenos guisos?…” Después el bus de línea, Lucita limpiándose las lágrimas con un pañuelo mojado moviendo la mano, adiós, adiós, y tú allí, en pie, con la cara verde, como si  nada. El pueblo ya eran manchas blancas cuando empecé a llorar y eché de menos a Lucita y a sus platos, y los coscorrones que me daba cuando llegaba con alguna herida en las rodillas, y sus cuidados cuando caía enfermo. Sí, Paula, mamá, Paula, sí, Lucita también fue una medio bruja, medio mala, no me acunaba, no me contaba ese cuento, pero tuvo detalles cariñosos que de alguna forma compensaron tu vacío. Al poco la ciudad me invadió, los ruidos, los coches, las luces, libros, apuntes, horas de estudio, alguna carta del ogro a la que contestaba mensualmente dando datos objetivos de mi nueva vida, “la comida bien, la ciudad es algo fría, los profesores de lo mejor,…”, muchas cartas a Lucita en las que la hacía partícipe de mi vida subjetiva. La mujer se esforzaba, todavía guardo esas cartas de caligrafía inestable y  faltas de ortografía, llenas de luz, de alegría, Lucita, ¿qué será de ti ahora? ¿Seguirás viva, Lucita? Lucita, luz, sol, raíz, la única del pueblo que me quedaba. Paula tendrías que conocer a Lucita, te habría consolado, ¿dónde estarás? ¿Dónde fuiste, bruja? El ogro se fue, murió la semana pasada, me avisó un notario, la casa es mía, Paula, es decir tuya, podríamos ir allí y enterrar lo malo, mamá, y quedarnos con el cuento de la bruja medio mala a la mitad. Se lo encontró el cartero, un paquete urgente y nadie respondía, se asomó a la ventana y lo vio allí tirado, un ataque al corazón dicen, pero si él nunca lo tuvo. Los médicos no saben lo que dicen, los ogros no tienen corazón. Desde entonces no duermo, la rabia pasa a pena, el pasado se hace presente, iré al pueblo, iré esta semana y terminaré con el pasado, buscaré a Lucita, o lo que quede de ella, limpiaré la casa. Pero esta noche déjame ogro, déjame dormir.
                                                                                ***

Va en el coche viejo, el de segunda mano, el nuevo se lo quedó su mujer en la ciudad, le dijo que para un viaje tan largo que mejor se llevase el más antiguo, que mil kilómetros eran muchos para el que acababan de comprar, que el pueblo estaba donde Dios perdió el mechero y que se olvidase, que ella no pensaba acompañarlo al culo del mundo. Él ni rechistó, llevaba días sin dormir y prefirió no discutir, dijo que sí a todo, preparó la mochila y salió por la puerta de atrás no sin antes soltarle un beso a ella.Reaccíonó ante su mujer igual que cuando su padre le reprimía por alguna trastada cometida, como robar en la huerta del Severino, un viejo gritón. Todos los chiquillos del pueblo alguna vez habían intentado robar en ella, muchos lo hacían por diversión, por escuchar al viejo berrear y salir detrás de ellos garrote en mano, otros por necesidad.

 Viejo gritón, ahora deberías tener unos noventa años, seguro que naciste viejo y con garrote, y directamente de niño te dedicabas a darle caña a todos los que pasaban por tu vera. Un enano viejo gruñón, porque eras viejo y enano además de gruñón. El enano, menudas bofetadas me llevé aquel día, enano, que no fue culpa tuya, que yo no te culpo, que tú hacías el rol que te correspondía, darles caña a los niños que te robaban la paz del país de los enanos, de las calabazas, de los pimientos, de los pepinos, de los tomates, de las gallinas y los gallos que día tras día cuidabas con esmero. Solitario, viejo y gruñón, enano, tu mujer se fue al otro barrio muy joven de una neumonía, tanto que no le dio tiempo a regalarte un enanito que siguiese la estirpe de los enanos y de los garrotes y de las carreras detrás de los monstruos que te jodíamos la huerta. Sí, si mañana me encontrase contigo por el pueblo podría darte un abrazo sin miedo a un palo por aquella sandía que te robé, enano, arrugado, silencioso.

La sandía, mira que pillé la más pequeña para correr más ligero y que no me dieras alcance, pero aquel día anduviste con ojo y me cogiste de la oreja nada más empezar a andar con la fruta bajo mi brazo. Oí las risas de los demás a lo lejos, la vergüenza me daba igual, eso, la hombría, me daba igual, te lloré, te pedí que no, que enano que por favor a mi padre con aquella historia que no, que yo te ayudaría en la huerta lo que creyeses necesario, pero a él no. No sirvió de nada, llamaste a la puerta de mi casa sin soltarme la oreja ni un momento, preguntaste por Don Rafael, el ogro, Lucita, a la pobre se la cambió la cara, ella sabía lo que me esperaba. Cuando apareció el ogro, casi una hora después, te invitó a pasar, Severino, hombre, perdone usted que le haya hecho esperar, claro, ocuparse de tanta gente y tierras tiene su aquello. Enano, deja de disculparlo que no tiene perdón de Dios, que es un ogro, ¿no lo ves?Un ogro latifundista, enano minifundista, un ogro que todavía no me explico como no tocó tu país y te hizo esclavo como lo era el resto del pueblo. No se preocupe que el niño tendrá su merecido, y entonces soltó el ogro la furia y me cruzó la cara por cuatro veces, tú te quedaste frío, hombre Don Rafael, tampoco es cuestión, que sólo tiene ocho años. La jodiste enano ¿Entonces? ¿Para qué viene aquí, Severino?¿Para decirme cómo tengo que educar a este hijo de puta? El hijo de puta era yo, porque según mi padre, mi madre, Paula,  era una puta que se fue con otro, y el pobre ogro sin saber que de puta nada, que era una bruja medio mala. 

Severino, te fuiste sin decir nada más, como hacían todos en el pueblo, papá, que el miedo no es respeto, que el miedo es miedo. Enano, aquel día saliste de mi casa más enano si cabe, gruñón, yo me comí después unas cuantas bofetadas más, cuatro, ocho,diez, veinte,…No sé, no lo recuerdo, perdí la cuenta, sólo recuerdo el dolor, no el físico, no, la rabia.  Y no te culpo, te lo vuelvo a repetir viejo gritón, que la siguiente vez que me pillaste robando en tu minifundio, esta vez fue un melón, fuiste más listo, o te di pena  y te apiadaste de mí, y me pusiste de castigo currar en tu huerta tres días. Pero a tu padre no le digo nada, niño, a tu padre no, y ahí descubrí que tenías corazón, o al menos parte, sí, tenías humanidad, y así, en secreto, en silencio, pasó el castigo, y los tres días se convirtieron en cuatro, en cinco, en seis, en siete, … 

“Chiquillo, que manos más sucias traes, y la ropa llena de tierra ¿En qué andarás metido? Que un señorito no puede andar así, sucio todo el día”. Lucita, lista, mucho, se dio cuenta de mis manos sucias y la tierra que arrastraba siempre, así que pasó un día por tu huerta y nos pilló en plena faena con las malas hierbas, ande Severino, que digo yo que la huerta le luce mucho, que como se le ocurre poner al hijo de Don Rafael a trabajar. Y tú, enano, que de tonto no tenías nada fuiste directo, mire usted que el niño ya sabe casi todo lo que tiene que saber un hombre sobre el campo, que el niño ya sabe lo jodido que es trabajar la tierra, que así cuando herede el latifundio sabrá el sudor que vale una patata y se lo pensará más de dos veces antes de maltratar al campesino como hace su… Severino, que como entere Don Rafael lo mata a usted y al garrote. Lucita, que no te preocupes que mi padre no se va a enterar, que a mí me gusta esto de la huerta, llorando Lucita, aquello lo dije llorando, y tranquila que el resto de niños no dirá nada, que ya los he amenazado con mi padre y no dirán ni pío. Y así concluyeron que aquel sería el secreto, nuestro secreto, un pacto entre un enano minifundista y una bruja cocinera. Era verano, Lucita, feliz que fui, me lo tiré entero entre la huerta y los libros, entre la huerta y el río, entre el río y los libros. Enano, revolucionario y gruñón,  el ogro no pudo contigo.    

Pero los kilómetros sí han podido con este coche que se me para ahora en mitad del camino,  que me quedan quinientos kilómetros para llegar al pueblo todavía.Gilipollas que he sido, enano, siempre lo he sido, y ahora por hacerle caso a mi mujer, la que me da calor cuando puede, tendría que haber cogido el nuevo, aquí estoy en mitad de camino a ese pasado al que no termino de llegar nunca. Enano, una pena que no me enseñaras mecánica, con la falta que me haría ahora. Aunque la mecánica para qué, si hoy en día todas las máquinas tienen chips y microchips, hasta los coches, enano, chips de esos inteligentes que nos hacen más tontos a los humanos. Mis máquinas, con las que yo trabajo, también tienen de eso, chips y michochips, y cuanto más trabajo con ellas más convencido estoy que son ellas las que trabajan conmigo y me utilizan a su antojo. Eso no pasaba en tu huerta, allí las máquinas sí eran mecánica y nosotras las manejábamos. La grúa en media hora dicen que estará aquí, con esta calor sofocante me va a dar algo, el río, quién pudiera estar ahora al lado del río,y darse un baño y saltar de la roca del Pedroso, zambullirse en las aguas cristalinas y olvidar este sudor que recorre mi piel. Aquel verano, el de mi octavo cumpleaños, los tomates que me dabas enano, riquísimos, que me sabían a gloria, y no eran diferentes al resto, únicamente los vi crecer, los regué, los cuidé y por eso me sabían más y mejor. Si mi mujer hubiese venido, con lo que le gustan los tomates, se habría enamorado del pueblo con sólo probar tus tomates, enano. Te dejo en la huerta,Severino, que ya llega la dichosa grúa y ahora tocará pelearse con los del taller, los del seguro y con mi mujer.

******

– Dicen que la pieza les llega mañana. Unos doscientos o trescientos euros. En un hotel cerca del taller, a las afueras del pueblo. Tranquila, la habitación tiene aire acondicionado. Pues todavía me quedan unos quinientos kilómetros más. Desde el bar del hotel. Es que me quedé sin batería en el móvil. Te quiero, te digo, pero ya  has colgado, me siento colgado en este tugurio, el limbo podría ser así, un hotel de carretera de mala muerte en verano, con el coche en el taller esperando un permiso para ir al cielo, al infierno o a donde quiera que vayamos después de este cuento. 
Te quiero Esther, ¿no me oyes? Al otro lado un sonido repetitivo me dice que no, que no me has oído. Te preguntaría si me echas de menos, pero soy cobarde cariño, nunca me pareceré al ogro. Quizás a la hora de ir a dormir, a la hora de dejar tu cuerpo abandonado en el sofá o la cama, Esther,quizás esta noche cuando mi respiración no lo la sientas te des cuenta que falto en casa. Esa casa con sus cuatro dormitorios, salón comedor amplio, cocina de lo más moderna, patio con jardín, salvaje que está porque al final ninguno tenemos tiempo para quitar hierbas y dejar crecer las flores, un garaje con dos plazas,… Admirable, una obra de arte enorme y preciosa pero difícil de calentar en invierno y de refrescar en verano. No era eso, no, no era eso, no era eso. Me quedo unos segundos con el aparato en la oreja esperanzado en que hayas oído mi te quiero y te hayas emocionado e incluso me hayas respondido con un “y yo a ti, mi amor”. El sonido revuelve mi anhelo, me cabrea, termino por colgar el aparato que se traga unas cuantas monedas de más. Soledad de bar de carretera, mi cabeza dando saltos.

¿Ves, mamá? Soy un animal de costumbres y me he habituado a ella, a su silueta llena de redondeces, a sus suspiros, a sus miedos, a sus nervios,…Nervios, mamá, nervios es lo que tengo, no, rabia, era la rabia, bruja, que no sé nada de ti,¿dónde andarás? Esther te gustaría, sí, es tozuda como un borrico, un asno. Pero por eso es quien es hoy, empresaria mamá, gana muchos miles anuales, muchas horas de esfuerzo y sueño perdidos, sueño, ¿qué es eso?¿dónde quedó su sueño? El mío, el nuestro, los sueños, sueños son, la vida es sueño y Carpe Diem. Por eso te fuiste, ¿verdad, bruja? Por ese sueño, por librarte del ogro. Pues yo también me libré, años más tarde, a los dieciocho. Además de al ogro, dije adiós al Pedroso, al enano, a Lucita,…Personajes, personas, seres humanos con sueños propios, propietarios, minifundista, corazón minifundista. 

Ahora vuelvo al exterior, al bar del motel en el que pasaré la noche. Hay aire acondicionado, le dije a Esther, haberlo hay pero no funciona. Las moscas vuelan y se dejan llevar por el ventilador, juegan con la corriente de aire, caliente, ardiente, aire. Pido una cerveza bien fresquita, no puedo con los treinta y siete grados. El camarero me sirve una jarra y un café solo. ¿Yo he pedido esto? Sí, señor, pidió las dos cosas. Tiene su lógica, mi lógica ilógica. Que sí Paula, te lo explico, que es por la tarde, la hora del café, pero resulta que tembién es verano y el verano pide a gritos una Cruzcampo bien fresquita.Primero la cerveza y luego el café. Ella, Esther, diría algo como que estoy como un cencerro, mamá, Paula, bruja. La calor me agota, las moscas atontadas me agotan, el ruido del ventilador, el resumen del Tour, algún español que consigue algo amarillo, alguno dopado. Sí, dopada, vida dopada, podría decirse que casi me intoxico. Esas máquinas que nunca me gustaron me persiguen, quizás sean ellas las que me despiertan en mitad de la noche y me provocan pesadillas. ¿Ves, Esther? No hay otro camino, tengo que cambiar mi dirección, si hubiese otro camino, el de las diez horas de tóxicos no es apropiado, que allí no hay brujas ni enanos, ogros sí, ogros siempre habrá. El camarero ahora me ha traido un bocadillo de tortilla, ¿he pedido algo más? Por lo que se ve una tapa de calamares fritos. Me asombro, ¿o no? Estoy perdiendo memoria del ahora, las cuatro cervezas que llevo ayudan a perderla, tengo que encontrar ese otro camino.Pero ahora sólo hay tres viejos en la barra ,cada uno con su vino, y algunos camioneros indecisos, a ver quién es el guapo que se sube al camión con 37º. Yo apuesto.Todos sudan, yo, los viejos, el camarero, los camioneros, las moscas, el del maillot amarillo. 

Sudo, lo pienso, otra cerveza, esta vez sí, me acerco al teléfono, meto unas cuantas monedas.Te quiero, Esther, esta vez no te doy tiempo a colgar, respondes que llevas prisa, que tienes una de esas reuniones de seis cifras, sí, claro, te entiendo, entiéndeme tú a mí, mi padre, sí, el ogro, murió, vuelvo a mi infancia, al pueblo, al enano, a Lucita, a los libros del ogro que no eran del ogro. Me hubiese gustado que vienieras, que me acompañaras. Que sí, que te entiendo, que no podías dejar el trabajo, claro, cariño, no, no te echo nada en cara, si eres mi sol. ¿Que si he bebido? Un poco, no cuelgues, sólo lo justo para ser valiente y decirte que te necesito.
*****

Cambio de canal una y otra vez, ahora hay tantos que podría estar hasta el día del juicio final saltando de uno a otro, me quema el periodismo fácil, los shows, los gritones exhibicionistas, ni el diablo podría ser tan perjudicial para una sociedad, miles de personas mirando, atentas, vidas vacías que de alguna forma hay que llenar.

Lo que yo tengo que llenar son estas horas de sueño. Miro de nuevo el móvil, las dos de la mañana, se me repiten los calamares y las cervezas, el poco aire que entra por la ventana sigue siendo caliente, quema tanto como durante el día, o incluso más, sí, mucho más, sofocante. Se oyen perros y los pocos coches que pasan por la carretera iluminan la habitación de vez en cuando. Apago la caja tonta que me ha alejado un poco de la historia que me ha traído a este hotel de carretera, a los camioneros, al taller, a todos, a ti, Paula,mamá y bruja querida, al ogro, a Lucita, al enano,…

Me quedo dormido, en tus brazos, siempre en tus brazos, como cuando era pequeño y me acunabas, Paula, sí, mamá. Sueño, sueño que estoy en el Pedroso, el río del pueblo, gratos momentos, chapuzones, saltos, paseos, cangrejos. Nado, sueño y nado lejos de la orilla, el agua está fresca, transparente, hasta veo peces de colores, el sol brilla,pero algo falla, hay algo que no va bien, poco a poco empiezo angustiarme, no puedo parar de nadar, siento que en ello me va la vida, noto que mi cuerpo se cansa, se fatiga, no puedo dar una brazada más, miedo, pánico, empiezo a gritar, me ahogo en mi infancia, tengo seis años, no me puedo ahogar, todavía no, lucho, lucho, lucho, pero algo me hunde. Entonces te veo, Paula, estás sobre una barca, llevas un pañuelo en la cabeza y un parche en el ojo derecho. Bruja, ¿qué haces vestida de pirata?. Las brujas podemos saltar en el tiempo y convertirnos en cualquier persona o personaje, ahora soy pirata. Pues ayúdame, me ahogo, mamá, bruja pirata, no puedo nadar más, me duelen los brazos, las piernas están flojas. ¿Por qué te callas?¿Por qué te alejas? Estoy aquí, soy yo, mamá, tu hijo. Lloro de rabia, impotencia, duele, grito mientras remas en dirección contraria, el agua empieza a entrar en mi boca, siento que me ahogo, me asfixio, estrangulo, ahorco,…
 
Despierto sudando y gritando, soy agua, tranquilo, tranquilo, estás en el hotel, ¿olvidaste que se rompió el coche?Tranquilo, Esther sigue existiendo, mi mujer, mi sol, respira, cuenta hasta diez, tranquilo, me repito, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. No, Paula, no, deja ese sueño, no vengas a decirme de nuevo adiós, que ya tengo cuarenta años, que no quiero nuevas pesadillas, bastante tengo con el ogro. 
 
Me voy a la ducha, necesito refrescarme, relajarme, tranquilo, cuenta hasta diez, respira. De vuelta al punto de salida, tumbado, viendo el reflejo de los coches al pasar en el techo,sudando,  repaso la pesadilla, mamá vestida de pirata,yo me ahogaba, Paula, tengo que buscar un punto positivo, no quiero más insomnio esta noche, ni pesadillas, un punto positivo, de apoyo, uno, dame uno, mi cabeza gira y sí, allí estoy, sí, claro, mamá, eso es. Los piratas, Drake, Barbarroja, Anne Bonney, Mary Read, Barbanegra, Aguirre, Hawkins, Bouchard,…

Sí, claro que los recuerdo, mamá, cómo iba a olvidar aquel olor a cerrado, un reino de papel, todos para mí, eso dijiste, son tuyos.  Pero mamá, si todavía no sé leer. Tranquilo, hasta que aprendas te los leeré yo, ya verás qué bien lo pasamos. Sí, fue maravilloso mientras duró. Viajé contigo, Paula, bruja, me enseñaste que las palabras que hay en los libros formaban historias, vidas, paisajes, el mundo estaba allí, entero, al completo, tú y yo. Siempre lo hacías cuando el ogro no estaba en casa. A papá no le gusta que mamá viaje, ¿entendido? Sí, mamá. Historias de lunáticos, decía el ogro. Pero las brujas siempre hacen lo que sea para salirse con la suya y quebrantaste las reglas del latifundio, loca, majareta, chiflada que estabas, de atar, ilusa, inocente. Cada mañana, cuando el ogro salía  a hacer sus recados latifundistas, aprovechábamos y nos encerrábamos en la biblioteca, el barco de las historias, me decías. Al principio elegías tú, siempre historias de piratas que arrasaban, malos y buenos, algunos más y otros menos. Las horas allí eran segundos, décimas que se escapaban y se iban tras mares, monstruos, tesoros perdidos, tesoro, mamá, el barco de las historias era el nuestro. 

Todavía me culpo,mamá, sí, recuerdo aquel día, en el comedor, ¿tendría yo cinco años? Sí, montado en una silla arremetía cual pirata contra la lámpara, ¡ya puedes darte por vencido, bellaco! No quise delatarte mamá, no fue queriendo, no me di cuenta, el ogro me pilló en esos juegos y me preguntó que de donde había sacado esa tontería de bellacos, me quedé mudo, siempre me pasaba con él. Silencio. ¡Te he dicho que me lo digas! Me zarandeó, me gritó, me hice pipí, el miedo, bruja, cobarde,¿ves?, siempre lo fui, con cinco años ya era un cobarde. Su cara verde, su aliento verde, sus ojos verdes, clavó sus manos iracundas en mis brazos. Ha sido tu madre, ¿verdad? No le respondí, no me chivé, mamá, te lo juro, entonces te lo juré sollozando. Se fue, me dejó allí tirado, temblando, tiritando. Después empezaron los golpes, me asomé, mamá, la puerta del dormitorio estaba medio abierta, el ogro te estaba pegando con una correa, te gritaba. No, las brujas hacen pócimas, por favor, levántate y hazle un conjuro, bruja, no dejes que el ogro gane, decía, dije, digo. Hijo de puta, cabrón, naciste lleno de odio, aquel día lloré, culpa, miedo, siempre he llevado esa culpa, mamá, si no me hubiese acojonado el ogro no habría adivinado nada de nuestro barco de las historias, no habría leído en mis ojos la verdad. Tranquilo, mi niño, esa misma noche me intentaste calmar, me consolaste, bruja, con tu ojo morado, brazos morados, dolores morados de bruja maltratada, vejada, aquejada. Todo pasará, pasado que pasó. Confiscó la llave de la biblioteca, ogro repugnante, nunca más pudimos entrar en nuestro reino juntos, mamá, el polvo se hizo con las páginas y las estanterías. Y al año te fuiste, me dejaste allí, en el pueblo, con el villano que nunca tendría un libro al que acogerse. No pudiste más, lo entiendo, no te culpo, me culpo, lo culpo, la culpa. Bruja, pobre, medio mala, pirata, pata de palo, corazón minifundista, nunca has llegado a saber que a los ocho un amigo me enseñó a abrir puertas sin llaves y la única cerradura con la que he utilizado esa técnica en mi vida ha sido con nuestro barco de las historias. Sí, otra batalla ganada al ogro, que de los ocho a los dieciocho me alimenté de esas páginas y él nunca se enteró, fue mi venganza, nuestra venganza, me leí todos y cada uno de los libros que allí había, a sus espaldas verdes. ¿Ves, mamá? Tú me enseñaste a viajar, Paula, me regalaste el mejor de los regalos, un espíritu pirata que me ayudará a encontrar la nueva dirección, el camino, lejos de las máquinas, con Esther, suave, sin tóxicos, sin ogros.
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Va con cuidado, dentro todo está oscuro, a ciegas cual invidente entra en la casa, huele como en la huerta, a tierra de enano, reseca, parda y marrón. Tarda un rato en acostumbrarse a la falta de luz, una cueva, blanca por fuera, oscura por dentro, para los duros, ya sean veranos o inviernos. Nota el cambio de temperatura, aquí hace fresquito, huele raro pero hace más fresquito que en la huerta, que me va a dar un vahído removiendo la tierra con el enano, que además no habla, sólo articula para darme órdenes, ¿quién me mandaría intentar robarle un melón al melón del enano? Rodea la mesa de la sala, una mesa puerca con su hule a cuadros llena de trozos de pan esparcidos y pipas de sandía, negras, secas. Mira debajo, al lado del armario y en el pequeño pasillo que comunica la sala con el dormitorio, allí todo más oscuro si cabe, cuanto más al fondo de la cueva menos claros y más tétrico. ¿Dónde estará el botijo? Me muero de sed, el enano se muere de sed, en dos días termino el castigo, que no es castigo al lado de las bofetadas que podría haberme dado mi padre si se entera que intenté de nuevo robarle al enano, un melón, melón que fui.

Vuelve a rodear la mesa, impaciente, sediento. Huele mal, este enano, es asqueroso, ya podría ocuparse un poco de la cueva. Sigue buscando hasta que posa su mirada sobre una imagen, una imagen colgada, la única en toda la casa, porque al enano los Santos y las Vírgenes no le van, un descreído muy sabio. La fotografía muestra el retrato de una mujer de mirada profunda, sonriente y joven, en blanco y negro y medio borrosa todavía puede adivinarse unas facciones hermosas, perfectas. El rostro lo deja cautivado, fascinado, hasta que escucha detrás el rugido del enano. ¿Qué pasa con ese botijo?¿Das con él? Él se sobresalta, de pequeño las voces rudas le hacían sobresaltarse, cosas de casa. No, Don Severino, no lo encuentro. Si es que, lo que yo diga, la juventud de hoy no servís para nada, te mando a pescar y seguro que vienes seco. Anda toma, dale un trago. Y sin más el enano saca de debajo la mesa el botijo. No puede dejar de pensar en el rostro de la fotografía, mientras bebe lo mira de reojo.¿Quién será esa señora? Lo dice en alto en vez de pensarlo, se arrepiente al instante, el enano le quita el botijo de un tirón y pone cara de enojo, cara roja, cejas arqueadas, ojos virulentos. ¡Ya vale! Deja de beber agua, que te vas a engollipar. Venga, a tu casa y a dejar de chismorrear como las viejas del pueblo, que por hoy ya has hecho suficiente.  Mañana te quiero aquí temprano. Sale dando traspiés, confundido, aturullado, un niño de ocho años aturdido, enamorado de la señora del retrato de la cueva del enano.


Así llegó a casa, sucio, sudado, Lucita detrás, tira ahora mismo para la bañera que como te vea tu padre con esas pintas nos rompe la espalda a ti, a mí y al enano cabezón ese que no se le ocurre otra cosa que castigarte poniéndote a trabajar en el campo. Al terminar el baño el agua estaba negra, la suciedad del trabajo quedaba allí, camino de las tuberías, se miró y se dio cuenta que él también estaba poniéndose marrón, color del trabajador de a pie. Bajó como una bala en busca de algo que comer, pero Lucita estaba allí, defensora de su cocina, soldado de las ollas y las sartenes.  Ni se te ocurra, te esperas a que venga tu padre y cenas con él. Pero Luci, anda, que el campo da hambre, dame aunque sea un poco de chorizo con pan. ¿Chorizo con pan? Lo que te voy a dar es un sopapo, no tendrías tanta hambre si no trabajases en la huerta del Severino, y no estarías trabajando para él si no hubieses intentado robarle un melón. Ella seguía cortando cebolla y los tomates como si nada, despacio, sin pausa, con precisión, como si hubiese nacido con un cuchillo en una mano y un tabla de cortar en la otra. Anda, Luci, anda. Mira, no te pongas pesado, toma un poco de pan, el chorizo no que bastante tenemos contigo. Se sentó en la mesa a roer un trozo de pan mientras veía a Lucita poniendo la olla hervir y olía el aroma a guiso con hambre de siete días. Una vez calmado el estómago con el pan volvió a su mente el rostro de la mujer de la casa del enano, su pelo liso cayendo, oscuro, mirada profunda que atraviesa hasta el hielo. Luci, oye, tú que sabes las vidas de todos, dime, la mujer de Don Severino, ¿cómo era? ¿Y eso? ¿A qué viene esa curiosidad? No sé, me preguntaba que cómo sería la santa que aguantaba a ese enano gruñón. Lucita se echó a reír a carcajadas, dejó el cuchillo en la mesa y se sentó junto a él.


De familia humilde, era la mujer más guapa de la zona, no sólo del pueblo, todos le tiraban los tejos, todos andaban loquitos por ella, por sus curvas, su pelo oscuro, su mirada profunda. Pero ella se hacía la dura y a ninguno daba esperanzas. Las malas lenguas decían que quería cazar al más rico, al señorito, a tu padre, vamos. Más bien era al contrario, tu padre intentó por activa y pasiva conquistarla. ¿Mi padre?¿cómo podía un ogro intentar conquistar un ángel? No me cabía en la cabeza, cabeza de ocho años, no más. Al final ella se decidió por el Severino, mira por donde tan humilde como ella, y fueron felices algunos años. ¿Algunos? Sí, a ella le entró una neumonía muy fuerte, por entonces los médicos no estaban tan a mano. Murió y no se hablé más, déjame trabajar que me…


Recuerdo aquella conversación como si fuese ayer, el olor, el guiso, la cebolla recién cortada, la mesa de madera, el delantal blanco de Lucita. Recuerdo la cocina, una habitación enorme llena de trastos, de ajos colgados, de aceite,…Era tu santuario, Lucita, tu fábrica de exquisiteces, qué sabrán esos cocineros de hoy lo que es cocinar que te dejan todos con hambre y nunca sabes realmente lo que te estás comiendo. También recuerdo aquel rostro, el de la mujer del enano gruñón garrote en mano. La fotografía que vi en su casa mientras buscaba el botijo era de ella. Después de aquel día, en la huerta, cuando el sol daba bien me ofrecía voluntario para ir a buscar el botijo, todo con el único objetivo de verla allí sobre la pared, sonriendo en blanco y negro, belleza eterna. Y así me aficioné al enano, a su mujer, a su huerta y su casa. Y el castigo pasó a ser un placer, trabajar, sudar, beber y ver aquella belleza cada día.Sí, Paula, descubrí que no sólo las brujas como tú son bellas, la mujer del enano lo era también, seguro que está en el paraíso y la han nombrado Miss Cielo. Poco a poco cogí confianza con el gruñón y al final, un día, sin venir a cuento me dijo que la mujer de la fotografía era su mujer, lo dijo mientras trabajábamos azada en mano, como el que dice va a llover, pero con una emoción contenida, casi pude ver alguna lágrima caer, no la vi, no pude, me lo imaginé, el enano sensible, el gruñón garrote llorando, no me lo inventé. Pero ahora que voy camino de esa huerta, de esas sandías y melones, ahora, después de tantos años que han pasado y de los cuarenta que tengo, que con ocho uno no cae en la cuenta pero con cuarenta sí, me pregunto, me asalta la duda de cómo mi padre desistió en la conquista de la señora de Severino, siendo tan orgulloso como era, tan “valiente” y tan de alta cuna. Para él habría sido una derrota, es más, ¿el enano le quitó la conquista juvenil a mi padre, al ogro? ¿De veras?Y ahora que lo pienso, porque conducir quinientos kilómetros dan para pensar, ¿cómo pudo el enano mantener su minifundio con el ogro mandando en el latifundio?Hay algo que no me cuadra,no recuerdo bien,lo intento enfocar, las imágenes pasan, el tiempo y mi infancia a medio hacer. Acelero, voy volando, mi infancia a medio hacer. Ese verano, los veranos, la huerta, los libros del barco de las historias, el río, Lucita, enano, las bofetadas y mi infancia a medio hacer.
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La plaza está igual, más vacía, sólo más vacía. Algunas cuevas han desaparecido, otras se caen a pedazos, el tiempo les está ganando la mano entera. El olor es el mismo, abandono descuidado, algún perro sarnoso, son las cuatro de la tarde y lo único que está en su esplendor es el sol, quemando una tierra ya de por sí seca. Le divierte ver la cabina de teléfono de la plaza, descolorida y con varios cristales rotos hace mención a otra época, otras épocas, todo es pasado. Deja el coche en la única sombra que ha encontrado, entre la cabina y unos árboles, apaga el motor y siente como el aire acondicionado se va, se esfuma, otra cosa más que ha pasado, lo pasado pasado está en el presente.

Después de mucho vacilar logra salir del coche, el calor lo envuelve en seguida, sin pensarlo ni planificarlo se dirige al bar, al único bar que hubo, había y quizás no habrá.Antes de entrar en la casona de su infancia necesita un par de cervezas, la valentía la conquista a base de cañas como los piratas a base de ron. Ahora que lo pienso¿seguirá detrás de la barra el Pelao? Por entonces, el bar, el único centro social de la zona, era regentado por el Pelao, que estaba tan calvo como Míster Proper o más, dependiendo del brillo esperado de la calva. Se decía que era el ejemplo más claro de un calvo con recursos extra porque llegó a tener con su mujer, la Mari, doce chiquillos, todos niños, las niñas la Mari nunca las llegó a ver, y entre la ilusión de que el siguiente fuese nena y los medios que no aprendieron a poner ninguno, llenaron la escuela de chiquillos medio salvajes, autónomos y listos.


Antes de empujar la puerta del antro respira hondo, el Pelao debería tener unos setenta años ahora, había muchas probabilidades de que estuviese mascando tierra, criando malvas. En el interior la oscuridad fresca le hace sentir bien, algunas piezas al caer, el olor añejo a viejo, a vino, alcohol tardío. Lo reconoce al instante, ¿es real?, parpadea varias veces para asegurarse de lo que está viendo. ¿Setenta años? El Pelao más encorvado, con más grietas en el rostro, más pelao que nunca estaba allí, como un fantasma a la espera de que el médico lo atiendiese. Pide la cerveza con voz temblorosa, cree que no lo ha reconocido, más de veinte años han cambiado mucho al hijo del señorito latifundista, del tal Don Rafael, ese que el otro día murió solo de un infarto y nadie pudo entristecerse, ese que machacó a muchos, el ogro verde, feo, fétido, arrogante. Se queda en una esquina y coge el periódico que tiene fecha de unos meses antes y manchas de aceite, hace como el que ojea y lee, pero no puede dejar de mirar al Pelao, era el mismo de antes pero ralentizado, curvo, sin sonrisa. Los únicos clientes, tres de la misma quinta que el Pelao, juegan al dominó en un silencio sepulcral que sólo las piezas al caer rompen, escapan del calor, del tiempo, de un final que no termina, sale el doble, cierro. Intenta ponerles nombres, sus caras le son familiares pero no logra ubicarlos en las imágenes que tiene de los años allí vividos. Sin embargo del Pelao tiene imágenes bien claras, allí dentro, en aquel bar se habían librado las guerras de borrachos más duras y con menos muertos del mundo, el vino había hecho del bar el sitio favorito de los adolescentes ávidos por ver peleas entre vecinos, peleas con puñetazos reales, garrotes, gritos, copas rotas. No olvida aquel día, el día del Pelao o la noche, en el que sacó a patadas a dos guardia civiles borrachos que empezaron a meterse e insultar a Perico, el tonto del pueblo, el simpático que no hacía daño a nadie y hacía las gracias de todos. El Pelao que era muy bruto y de prudencia andaba corto les dio una buena tunda, tan buena que se espabilaron y al rato volvieron con otros camaradas y se lo llevaron al calabozo una semana. La Mari,la pobre, no le quedó otra que asumir que tenía un burro honrado por marido y llevó el asunto con mucha dignidad. Eso sí, cuando el Pelao volvió a casa, dicen, eso decían las malas lenguas o las lenguas a secas, que la Mari primero le dio dos bofetones. ¿Cómo se te ocurre jugarte la vida y el pan por el tonto del pueblo? Después le dio cuatro besos y le dijo algo como que tenía un corazón de oro por defender al Perico, al tonto simpático. Esa noche fabricaron al octavo de la equipación. 


El ogro hacía la vista gorda en este asunto, eso de que su hijo de puta, yo, me mezclase con la gente del pueblo lo llevaba mal, casi prohibido, pero al bar me dejaba ir de vez en cuando, pensaba que allí podría descubrir los tejemanejes de la hombría y hacerme más hombre si cabe, aunque yo fuese un hijo de puta parecía que tenía derecho a ser un hombre. Así que mis libros de piratas, mi trabajo en la huerta y mis visitas al Pelao me convirtieron en un chico extraño, ya de por sí lo era por tener un ogro por padre, una medio bruja mala por madre, un enano gruñón por acompañante, un hada madrina por cuidadora, un mundo tan raro que ahora me sorprendo ser un ser normal o quizás no tanto. Quizás soy un  monstruo amarillo de dientes naranjas y manos peludas, ya quisiera yo ser un personaje de cuento, aunque fuese de terror pero de cuento, pero me he quedado en eso, en uno más del sistema de las parejas que duermen de noche, trabajan de día y pagan la casa de por vida. Mierda de vida, Esther, mierda de vida, que hasta el Pelao ha tenido una vida más rica que la nuestra sin salir de este bar de mierda, doce niños, una Mari difícil, un bar que cada noche era una historia nueva. Esther que estamos a tiempo de cambiar, que no perderíamos nada, que todo está perdido, que esas máquinas me deprimen, que tus reuniones de miles ya me tienen más que harto. Te quiero, Esther, y no puedo llamarte porque la cabina de la plaza no funciona, porque me mandarías a la mierda y porque necesito seguir mirando al Pelao y a esos tres que son fantasmas reales, que estaban aquí cuando yo todavía era humano, niño, joven, humano. Necesito fuerza, las llaves me queman, en el bolsillo se revuelven, tengo que dar el paso, tengo que ir a la casona a revolver el polvo y dejar cada mota en su lugar, al ogro, la biblioteca, el barco de las historias, la cocina de Lucita, luces y sombras que nunca se pondrán de acuerdo o a lo mejor sí, ¿quién sabe?

 

Percatarse

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Tiene cara de ido, aunque él siempre está, se acurruca cada mañana en el callejón de la Plaza de la Misericordia. Sus dos perros piojosos, mejor educados que un niño de primaria, a esas horas dormitan. A veces está acompañado, una mujer con chándal de un negro perfecto está tumbada a sus pies, suciedad impoluta, vida familiar. Cuando vuelvo del trabajo él sigue allí, sentado, pensativo pero presente, parte del decorado de mi rutina es él. A esas horas ella ha desaparecido o se encuentra cerca con una lata de brebaje mágico, si es con espuma mejor. Pero él es muy educado y siempre me mira a los ojos desde lejos y me saluda, yo también soy parte del suyo.
Otras veces, por la tarde, me lo encuentro en la Calle Cuarteles, allí está más a la vista y pide sin pedir a los transeúntes, porque no habla, no hace gestos ni llamadas de atención, aunque sus ojos, sus ojos están tristes, idos, piden y piden.
Llevaba unos meses huyendo de los detalles, ellos se me escapaban también. Supongo que mi “ido” me descubrió allá por septiembre y yo hasta hace unas semanas no me percaté de su existencia. Mañana dejaré que sus ojos pidan, con un gesto al menos una sonrisa le regalaré.

Al tiempo

 

  Guardar, guardar, guardar, cada pedacito de su existencia en aquellos renglones, juntar palabras y signos de puntuación. Acentuar los buenos momentos, resumir casi a modo de esquema los malos. Le había costado mucho volver atrás.
Sentado en su escritorio tecleaba con ahínco los últimos párrafos de su relato, tenía claro que no sería un bestseller, tenía claro que nunca lo publicaría, era su vida, sus cincuenta y ocho años resumidos en doscientas veinte páginas. Llevaba doce meses trabajando cada noche en ello, obsesión con el final, porque sabía que en cualquier momento todo podría acabar.
Tenía lagunas, huecos de infancia y adolescencia, sombras de la juventud más tardía, le costó rellenar. Alguna noche se desesperó intentando llegar a ese pasado, esa imagen de un momento de ternura o cariño,  porque muchas veces, al cerrar los ojos tratando de rememorar, revivía una sensación y no un recuerdo claro y conciso de lo vivido.
Ahora, ya pecando de mayor, sabía la diferencia entre emoción y sentimiento, pero se le antojaba extremadamente difícil ponerles palabras, explicarlas, sobre todo cuando se refería al pretérito, ese fue su epílogo.
El día de la última página él desapareció. Antes dejó escrita una nota a su mujer:
“Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la amarga sensación de que nada, nada de lo pasado, podía volver a repetirse” El camino, Miguel Delibes

Y

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Gente que quedó en el camino, gente que aunque en la distancia todavía te emocionan con una simple llamada y no puedes ni pronunciar palabra, lugares de los que te despides a medias porque las satisfacciones que dieron fueron grandes. Momento, el día 30, para mirar atrás, este año voy por la décimo octava vez, esa terriña quedou agachada no meu peito , ¡carallo!, y ya duele el cuello de tanto girar. Una de esas personas que quedaron allí (te mando un saludo, Susana) días antes de bajar, me dijo entre cervezas, “tú ya eres gallega”, yo me sonreí porque pensé que era una broma a modo de despedida. Y ahora entiendo que no era una afirmación jocosa, más bien una realidad con nombre y apellidos, los míos.
Después de darme chocazos contra la pared por aquel 10 de noviembre de 2014 en el que rellené el concurso de traslados con una estabilidad de un 0% y una capacidad de decisión de un 0% (gracias a ti, eso sí que jamás te lo perdonaré), después de preguntarme eso de qué carajo hago aquí y arrepentirme del listado de los 300 huecos, después de todas las sombras y soledades de la nueva ciudad, después, siempre después, empiezo a darme cuenta de que voy a transformar esos “peros” por “y”.
Y me obsequiaron la flor de Pascua, “para que te traiga suerte, que seguro que en tu casa no la tienes”, y  me invitó a su casa a comer, su hogar abierto de par en par , y me dijeron eso de “eres la mejor de mundo”, y recibí sonrisas por la mañana, y me regalaron una piruleta aquel día que ni sabía donde esconderme, y salía el sol cada mañana, cada tarde, y Sevilla abrió sus puertas, la casa de una, Miss Noruega, y la casa de otra, Santa Pilar, y quiero seguir poniendo comas con “y”, que aunque teóricamente son incompatibles yo las pienso hermanar.
Eso sí, morriña habrá para rato.

Señales de vida

IMG_20151002_080647 (1)Ayer, porque parece que fue ayer, pasé mi primera noche en este piso, y no, no fue ayer, pasaron ya tres meses, rápidos cual tren de alta velocidad. Allí, aquí me instalé, a caballo entre el centro y un barrio con historia de pescadores que está atravesado por vías de metro y trenes.  Mi balcón da a una calle que a su vez da a una iglesia, del Carmen ambas; mi portal da a otra calle, Peregrino, jodidas casualidades.

Es un edificio impersonal rodeado de otros más castizos, vecinas de moño alto, dientes picados al sonreír, funcionarios, aparcamientos contados, calles estrechas que empiezan a hacerse anchas, casi siempre hay movimiento. Casi porque por la mañana, a las cinco o las seis o las siete, sólo hay espacio, silencio, semáforos solitarios, barrenderos, y algún “flipado” que como yo precisa correr y sudar antes de empezar una jornada laboral que puede ser algo ardua.

Los días pasaron, y sería la inseguridad de no controlar nada, ni la ciudad, ni el trabajo, ni las personas, o la soledad, la que me llevó a mirar atrás más profundamente. Me acerqué a mi pasado, la infancia vuelve a primera plana, conversaciones con mi abuela, mi madre y tías paternas para recuperar parte de la historia familiar que para mí era un misterio. Escapadas a Córdoba, al origen, que me permiten descubrir que hubo muchas pérdidas en ese pretérito.

También lloré, lloro,  el pasado reciente, esas personas que ya no están y que eran un habitual en mi día a día, eso que me era familiar y controlaba, eso que me daba seguridad, bares, caras, calles, pueblos, actividades,… Es difícil empezar en una ciudad nueva con un trabajo nuevo cuando lo abandonado te dejó un buen sabor de boca.

Pero parece que las cosas necesitan un tiempo para enderezarse.

Estos tres meses además de para rememorar han dado para otros quehaceres. Recuperar tiempo con una amistad de gran belleza y humor exquisito que estaba dormida por la distancia, a base de conciertos y cerveza, Sevilla o Granada siempre tuvieron buena música. Encontrar una actividad física semanal, o dos,  que me ayudan a desconectar de toda la vorágine que el cambio conlleva, lo del ashtanga es cierto, ¡leñe! Conocer Ronda. Bañarme en Torre del Mar. Toparme con una persona salvajemente feliz a la que admiro desde el minuto uno por ser tan sincera, fuerte y cariñosa (por cierto, habiéndola encontrado en Málaga es gallega, ¡manda carallo!). Adecuar el piso a mi bienestar y ponerle plantas. Perderme en calles desconocidas y hacer fotos en sus museos y a sus visitantes. Engancharme a “House of cards”…

Y espero que los años que aquí me quedan me regalen más experiencias que al sumarse construyan mi nueva zona de confort, en la que os aseguro me quedaré mucho tiempo.