Percatarse

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Tiene cara de ido, aunque él siempre está, se acurruca cada mañana en el callejón de la Plaza de la Misericordia. Sus dos perros piojosos, mejor educados que un niño de primaria, a esas horas dormitan. A veces está acompañado, una mujer con chándal de un negro perfecto está tumbada a sus pies, suciedad impoluta, vida familiar. Cuando vuelvo del trabajo él sigue allí, sentado, pensativo pero presente, parte del decorado de mi rutina es él. A esas horas ella ha desaparecido o se encuentra cerca con una lata de brebaje mágico, si es con espuma mejor. Pero él es muy educado y siempre me mira a los ojos desde lejos y me saluda, yo también soy parte del suyo.
Otras veces, por la tarde, me lo encuentro en la Calle Cuarteles, allí está más a la vista y pide sin pedir a los transeúntes, porque no habla, no hace gestos ni llamadas de atención, aunque sus ojos, sus ojos están tristes, idos, piden y piden.
Llevaba unos meses huyendo de los detalles, ellos se me escapaban también. Supongo que mi “ido” me descubrió allá por septiembre y yo hasta hace unas semanas no me percaté de su existencia. Mañana dejaré que sus ojos pidan, con un gesto al menos una sonrisa le regalaré.

Al tiempo

 

  Guardar, guardar, guardar, cada pedacito de su existencia en aquellos renglones, juntar palabras y signos de puntuación. Acentuar los buenos momentos, resumir casi a modo de esquema los malos. Le había costado mucho volver atrás.
Sentado en su escritorio tecleaba con ahínco los últimos párrafos de su relato, tenía claro que no sería un bestseller, tenía claro que nunca lo publicaría, era su vida, sus cincuenta y ocho años resumidos en doscientas veinte páginas. Llevaba doce meses trabajando cada noche en ello, obsesión con el final, porque sabía que en cualquier momento todo podría acabar.
Tenía lagunas, huecos de infancia y adolescencia, sombras de la juventud más tardía, le costó rellenar. Alguna noche se desesperó intentando llegar a ese pasado, esa imagen de un momento de ternura o cariño,  porque muchas veces, al cerrar los ojos tratando de rememorar, revivía una sensación y no un recuerdo claro y conciso de lo vivido.
Ahora, ya pecando de mayor, sabía la diferencia entre emoción y sentimiento, pero se le antojaba extremadamente difícil ponerles palabras, explicarlas, sobre todo cuando se refería al pretérito, ese fue su epílogo.
El día de la última página él desapareció. Antes dejó escrita una nota a su mujer:
“Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la amarga sensación de que nada, nada de lo pasado, podía volver a repetirse” El camino, Miguel Delibes

Y

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Gente que quedó en el camino, gente que aunque en la distancia todavía te emocionan con una simple llamada y no puedes ni pronunciar palabra, lugares de los que te despides a medias porque las satisfacciones que dieron fueron grandes. Momento, el día 30, para mirar atrás, este año voy por la décimo octava vez, esa terriña quedou agachada no meu peito , ¡carallo!, y ya duele el cuello de tanto girar. Una de esas personas que quedaron allí (te mando un saludo, Susana) días antes de bajar, me dijo entre cervezas, “tú ya eres gallega”, yo me sonreí porque pensé que era una broma a modo de despedida. Y ahora entiendo que no era una afirmación jocosa, más bien una realidad con nombre y apellidos, los míos.
Después de darme chocazos contra la pared por aquel 10 de noviembre de 2014 en el que rellené el concurso de traslados con una estabilidad de un 0% y una capacidad de decisión de un 0% (gracias a ti, eso sí que jamás te lo perdonaré), después de preguntarme eso de qué carajo hago aquí y arrepentirme del listado de los 300 huecos, después de todas las sombras y soledades de la nueva ciudad, después, siempre después, empiezo a darme cuenta de que voy a transformar esos “peros” por “y”.
Y me obsequiaron la flor de Pascua, “para que te traiga suerte, que seguro que en tu casa no la tienes”, y  me invitó a su casa a comer, su hogar abierto de par en par , y me dijeron eso de “eres la mejor de mundo”, y recibí sonrisas por la mañana, y me regalaron una piruleta aquel día que ni sabía donde esconderme, y salía el sol cada mañana, cada tarde, y Sevilla abrió sus puertas, la casa de una, Miss Noruega, y la casa de otra, Santa Pilar, y quiero seguir poniendo comas con “y”, que aunque teóricamente son incompatibles yo las pienso hermanar.
Eso sí, morriña habrá para rato.

Señales de vida

IMG_20151002_080647 (1)Ayer, porque parece que fue ayer, pasé mi primera noche en este piso, y no, no fue ayer, pasaron ya tres meses, rápidos cual tren de alta velocidad. Allí, aquí me instalé, a caballo entre el centro y un barrio con historia de pescadores que está atravesado por vías de metro y trenes.  Mi balcón da a una calle que a su vez da a una iglesia, del Carmen ambas; mi portal da a otra calle, Peregrino, jodidas casualidades.

Es un edificio impersonal rodeado de otros más castizos, vecinas de moño alto, dientes picados al sonreír, funcionarios, aparcamientos contados, calles estrechas que empiezan a hacerse anchas, casi siempre hay movimiento. Casi porque por la mañana, a las cinco o las seis o las siete, sólo hay espacio, silencio, semáforos solitarios, barrenderos, y algún “flipado” que como yo precisa correr y sudar antes de empezar una jornada laboral que puede ser algo ardua.

Los días pasaron, y sería la inseguridad de no controlar nada, ni la ciudad, ni el trabajo, ni las personas, o la soledad, la que me llevó a mirar atrás más profundamente. Me acerqué a mi pasado, la infancia vuelve a primera plana, conversaciones con mi abuela, mi madre y tías paternas para recuperar parte de la historia familiar que para mí era un misterio. Escapadas a Córdoba, al origen, que me permiten descubrir que hubo muchas pérdidas en ese pretérito.

También lloré, lloro,  el pasado reciente, esas personas que ya no están y que eran un habitual en mi día a día, eso que me era familiar y controlaba, eso que me daba seguridad, bares, caras, calles, pueblos, actividades,… Es difícil empezar en una ciudad nueva con un trabajo nuevo cuando lo abandonado te dejó un buen sabor de boca.

Pero parece que las cosas necesitan un tiempo para enderezarse.

Estos tres meses además de para rememorar han dado para otros quehaceres. Recuperar tiempo con una amistad de gran belleza y humor exquisito que estaba dormida por la distancia, a base de conciertos y cerveza, Sevilla o Granada siempre tuvieron buena música. Encontrar una actividad física semanal, o dos,  que me ayudan a desconectar de toda la vorágine que el cambio conlleva, lo del ashtanga es cierto, ¡leñe! Conocer Ronda. Bañarme en Torre del Mar. Toparme con una persona salvajemente feliz a la que admiro desde el minuto uno por ser tan sincera, fuerte y cariñosa (por cierto, habiéndola encontrado en Málaga es gallega, ¡manda carallo!). Adecuar el piso a mi bienestar y ponerle plantas. Perderme en calles desconocidas y hacer fotos en sus museos y a sus visitantes. Engancharme a “House of cards”…

Y espero que los años que aquí me quedan me regalen más experiencias que al sumarse construyan mi nueva zona de confort, en la que os aseguro me quedaré mucho tiempo.

Deica pronto!

No me cierra la maleta, como el viajero que vuela con restricciones intento cerrar la cremallera, pero no hay manera. La retranca la envolví cuidadosamente en el fondo, justo al lado estaban los miles de grises, las nubes y las borrascas que me hicieron palidecer por dentro.
En el bolso metí bien doblados los mapas que me guiaron hasta el Monasterio de Armenteira, el nacimiento de la Ría en Catoira o la Torre de San Sadurniño en Cambados. Algunas rutas están borradas en el papel, casi no se ve el camino al Carreirón, ni al faro, ni a Area Secada, ni al Pazo Torrado y el Cementerio, ni al sendero del Agua y la Piedra,…Tantas veces los visité que el mapa está desgastado y casi no se pueden leer los nombres impresos.
En la libreta llevo apuntados algún que otro furancho, fiestas y fechas señaladas, el Vino de Barrantes,  la Almeja de Carril, el Agua de Villa, el Albariño de Cambados, la Romería Vikinga de Catoira y el Carmen de la Illa.  Y esas otras verbenas que son más pequeñas pero singulares y que no dejan de relacionarse con el pulpo, la zamburiña, el mejillón y cualquier bicho de mar que con sólo nombrarlo hace que babee cual perro de Paulov.
En otro hueco logré encajar la simpatía de la gente, la geada y el seseo, los dobles sentidos, el pimentón dulce, los huevos de casa, la montaña, las islas y los ríos, el olor a campo y a mar, la tristura del invierno, Eduardo Baamonde, Asorey, Leandro Lamas, Caneiro, Rosa Aneiros, Domingo Villar,Uxía, Iván Ferreiro y Xoel López, los acentos y los piques de Vigo y Coru, la belleza y la singularidad de Ponte y Santiago.
Las experiencias sin embargo no soy capaz de meterlas en ningún sitio, porque son tantas y de tal calibre que ni en un almacén de Inditex.
Comencé a correr hasta ahogarme con vistas a Cortegada, aprendí yoga de la mano de una mujer muy noble y generosa, practiqué surf en La Lanzada, subí al pico más alto de Lugo, me emborraché con las chiquitas de los jueves con mis orcos, ahondé en el alemán con unos compañeros pintorescos, perfeccioné el inglés con unos compinches de primera, me bañé en pozas, ríos, rías, charcas y fervenzas, visité Oporto en buena compañía, viví Oporto y sus oportunidades (¿y mi palo?), me perdí por Gerês, visité Vigo en moto, me tricagalloné en Cíes, sudé Ons, caminé Cortegada, me reencontré en Pontevedra, canté bajo la lluvia en Santiago, salté el fuego en Coruña, morí de amor en cada atardecer en el Vilar, en Corrubedo, en Fisterra, navegué a toda vela en la ría de Muros-Noia, caminé casi 30 kilómetros al lado de mi rubia favorita, lloré con la pelirroja y el hombre más guapo de Villa frente a unos huevos fritos, me instruí en tomar la luz con la réflex junto a una ferrolana, aprecié la tranquilidad de la lucense adoptada por el Grove, me reí mucho, mucho, junto a la otra pelirroja y el otro guapo de Villa, pasé un fin de año en Cambados con una cambadesa y sol el día 1 de enero, descubrí a James junto a otra cambadesa, logré tener plantas que no se secaron e incluso crecieron más y más, me enamoraron echando por tierra tres prejuicios (tú sabes cuales son),…Y así podría hacer una lista interminable de momentos que me hicieron ser lo que soy ahora, algo que casi nada tiene que ver con la Carmen que llegó aquí hace dos años.
Por ello tengo que darle las gracias a esta tierra, porque llevo la maleta a rebosar. Mientras, la morriña sigue empeñada en colarse entre mis posesiones haciendo un poco más difícil cerrar mi equipaje.
GRACIAS, GALICIA.

Yo. Je. Ich. I. Eu.

Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.

Antonio Machado

 

Una hora de más para el anochecer… fue la bienvenida!
Cervezas, risas y puesta al día en 10 botellines, o 20. Podría volver a mi vida sin más. Podría apuntar el último día que nos vimos en la agenda, sonreír recordando lo que nos reímos cuando se me quedó aquel resacón sobre el sofá, y volver a a lo mío sin mirar atrás como siempre hemos hecho. Un hasta pronto teñido de esa nostalgia placentera de las amistades manidas.
Me estoy haciendo vieja, o vuelvo a ser niña. Lo digo sin pena ni acritud, pero es un hecho que no puedo más que constatar, voy hacia la senectud con paso firme y más celeridad de la que gustaría reconocer, voy a la senectud con con risa firme y más felicidad de la que me gustaría reconocer.
En mi empeño por alcanzar la madurez completa cuanto antes me adelanté a los cuarenta, y aun distando bastante lo celebré con otras misses. ¿Quién necesita cambiar de decáda para sumirse en la más profunda catarsis existencial? Yo desde luego NO.
Ahora lo entiendo todo, lo de los tacones estilizantes, el pantalón pitillo de la 38 y el amante de 28, lo del botox y las inyecciones de colágeno en los orbiculares labiales castigados por los frecuentes impactos desgastadores y las AMPOLLAS… Esto de la midlife crisis no es moco de pavo, créanme.
A mi lo de las arrugas me da igual, por ahora, gracias a las AMPOLLAS de Miss Noruega que todavía no compré, pero con mirar el frasco vacío la piel se tersa. No es la decrepitud física lo que me preocupa por mucho que la flacidez campe a sus anchas por mis curvas pronunciadas a base de carreras, aun no habita en mí. No, el vértigo viene cuando te asomas al abismo del resto de tu vida y ves que te queda menos por hacer de lo que has hecho ya, con lo bien que lo hago ahora, pulso tomado, narcisa infinita.
Nos pasamos la vida construyendo, planeando y, sobre todo, mirando hacia delante. Hasta que un día te colocan el tres y el cinco en el centro de la tarta y caes en la cuenta de que el futuro era eso. Hoy, no mañana, hoy. Y si me apuras, ayer.
Yo he decido no rebelarme contra lo inevitable y convencerme de que la lozanía es directamente proporcional al tamaño de mis pechos , a las copas de albariño capaz de ingerir y a las ansias de vivir.
Se puede, claro que se puede, como el atleta de la madurez es un alivio. Saber quién eres y limitarte a serlo. Que no es poco.