Gracias

Niños aparentemente rotos, niños que perciben el mundo de otra manera, que sus cuerpos y sus cerebros asimilan el mundo y lo procesan como si de un juego mágico se tratase.
Algunas miradas perdidas con las que a veces conseguimos conectar, momentos tan sublimes que ni mis palabras podrían explicarlo. Da igual los días, horas y jornadas estimulando, observando y atendiendo a las demandas, jugando, al fin y al cabo; eso no importa, porque cuando se dirigen a ti espontáneamente para pedir más de eso y se/te sonríen, y empiezan a ver el mundo real y hacerse reales, tu interior se ilumina de regocijo.
Ellos han sido los mejores maestros, me enseñaron la paciencia, la espera, la insistencia, el trabajo estructurado con un objetivo, la persistencia, la risa, el consuelo, me enseñaron a cuidar cada detalle, evaluarme que no evaluarlos, verme a mí misma en una cámara, valorar los fallos y mejorar.
Con algunos (Natalia, Alex, Noemí, Eliana, Toni, Jonay, Eliana, Jury, Gianni) compartí las risas, los ratos de frustración y lucha por entender aquellos conceptos, aprender a explicarlos fue todo un reto para mí. Los ratos de conversaciones en los que verbalizábamos lo diferentes que nos sentíamos respecto a los listos de nuestros compañeros, confesiones de adolescentes tan distintos como el resto. 
Con los de allá (Iván, Alejandra, Juanlu, Juan José, Manuel Jesús, Melanie, Alvarito, Hafed, Manuel) perfeccionamos la metodología, el proceso, pudimos ver una evolución de cuatro años, recoger frutos maravillosos, sonidos que empezaban a salir de nuestras bocas, peticiones de juego, correr juntos de la mano, jugar a tirarnos agua, veíamos al otro y además lo buscábamos. Satisfacción plena, orgullo patente.
Con otros (Pedro, Raquel, Tomás) aprendí la resistencia, llegar a mis límites, admitirlos, y reaccionar, calibrar y volver a empezar.
Y ahora son ellas (Lidia y Rebeca)las que están llenando mis últimos días en Educación Especial, ellas son un presente risueño, buscando un bienestar y una autodeterminación que son patentes. Hemos aprendido a “soportarnos”, tanto que ahora hay risas en el aula, monólogos que se complementan con miradas de reojo, tranquilidad, calma y espera. Desarrollo motor en toda regla, desarrollo al fin y al cabo.
Me quedan siete días en Educación Especial, me dieron plaza por Primaria bilingüe, no sé si me gustará estar en un centro ordinario con niños que para mí son rápidos, porque yo también percibo el mundo de manera diferente, me siento más cercana a lo incompleto.
Por ello escribo este texto, porque no tengo ni idea de como agradecer a todos esos niños, para mí perfectos dentro de sus supuestas imperfecciones, lo mucho que he aprendido de y con ellos en estos 10 años.
GRACIAS, GRACIAS Y GRACIAS por enseñarme a amar mi trabajo. Y aunque este texto nunca os llegue cada vez que os recuerde una sonrisa se dibujará aquí dentro.
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De capullos y mariposas

A sus sesenta y siete había tomado esa determinación, después de darle vueltas y vueltas al asunto acabó por decidirse, se tatuaría una mariposa.
¿Y cuál es la razón de que se tatue una mariposa? Ella levantó la mirada, el chico esperaba una respuesta mientras preparaba el material. Pues me parecen bonitas. Se estruja las manos arrugadas, le sudan, vuelve a quitarse las gafas y a pasarles un pañuelo. No se ponga nerviosa, señora, será rápido, ya verá. Pero su respuesta, que son bonitas, no me convence, ¿no será por otra cosa?.
Ella se quita el jersey y toma asiento. Para ser tan jovencito eres muy preguntón, ¿no?¿Cuántos años tienes?¿28? Sí, exacto. Pero no es obligatorio que me cuente la razón real si no quiere, normalmente la gente que pasa por aquí suele relatarme la historia de su tatuaje, y la verdad, la suya me intriga, porque son muy pocas las personas que con su edad deciden tatuarse.
Ella no responde, queda pensativa, se pierde en esa razón que le ha llevado a estar allí, con un chaval de 28 trabajando su espalda. Sabe el porqué, claro que lo sabe, siempre lo recordará, recordará el caer, como esa otra persona le hizo morder el polvo y a su vez levantar, hichar su amor propio y transformarse, de capullo a mariposa. Con mi edad, a quien se lo cuente no se lo cree. ¿Cómo dice, señora? ¿Yo? Nada, no decía nada, simplemente pensaba en alto, no me di cuenta. Pues si quiere siga, quizás yo si le crea.
¿Sabes lo que es eso de repetir esquemas? Las personas tendemos a actuar en nuestras relaciones de forma similar, y una vez tras otra acabamos actuando igual y cometiendo los mismos errores. Yo  quedé viuda a los 40. Después he tenido dos parejas que se fueron al traste, ambos eran hombres de carácter y en ambas relaciones yo me volvía como la esposa sumisa, ama de casa entregada, me relegaba yo misma, me posponía, mis amistades, mis preferencias, mi yo desaparecía en un alarde de amor que no lo era, que era simple entrega ciega, necesidad de necesitar. Quizás a tu edad no lo entiendas. Y por eso quiero tatuar una mariposa, para no olvidar lo que fui, lo que no quiero seguir siendo, para poder amar sin tener que reducirme, al contrario, amar brillando más si cabe. Me transformé, ahora vuelo, y si algún día otro hombre se cruzase en mi camino, seguiría volando,  a su lado, claro, pero sin olvidar mi yo.
Y el chico queda absorto, bebiendo cada palabra de esa mujer sabia que el tiempo transformó, viéndose reflejado en su relación actual, con su novia, donde él estaba siendo un auténtico capullo y le quedaba mucho para ser crisálida.

Paulas

Cambados (1/06/2015)

 

Nadie sabe ya nada, de esa historia quedan muchas variantes, variables concebidas por el paso del tiempo y el aburrimiento del pueblo pequeño, exhausto de las mismas caras, chismes que cumplen años.
Por aquella época empezaron los ilegales, esos que a media noche se metían en el barro y se ponían tibios de mariscar lo que no era suyo. Pero la fame es la fame, y las ganas de tener un auto más grande que el del vecino mayores.
Así que cuando se acercó la época de recoger los frutos se organizaron grupos de vigilancia, de dos a dos, no se podía quedar el marisco sin supervisión, que el pan de nuestros hijos estaba ahí, en la orilla, a manos de cualquier furtivo aventajado.
No fue muy difícil hacer los turnos, todos nos pusimos de acuerdo en seguida, intereses comunes hacen que hasta los tercos admitan un cambio. Yo hice varios turnos de noche, no me importaba, ya sufría de insomnio así que me presté a ello.
La noche del turno fatídico, la noche de las dos Paulas, yo estaba plácidamente en casa, casi dormida.  Digo casi porque la ambulancia, las luces de la policía y los gritos me espabilaron de momento. Pero qué pasa. Salimos a la calle, medio pueblo estaba ya allí, cerca de la torre. No se acerquen, no se acerquen, gritaba Paco el policía, pobre, nadie le hacía ni puñetero caso, la confianza da mucho asco. Tardaron una hora hasta que llegó el juez para levantar los cadáveres, en ese tiempo le dio tiempo a casi todo el pueblo a hacerse con la imagen del horror, perversos que somos cuando ni nos lo proponemos. Aun así aquello fue un sablazo, dos de nuestras compañeras estranguladas, abandonadas en pleno puente, como si de monigotes se tratasen. Sí, podría haber sido yo.
Pero ni caso, no quería pensarlo, sólo quería creer que el culpable sería encontrado, o que aquello era un pesadilla más en la que Laura Palmer volvería con un enano bailón a cuchichearme la verdad de lo acontecido.
Claramente las guardias se cambiaron, y después de aquello se hicieron mixtas, ninguna mujer se atrevía ya a cumplir el turno de noche si no era con un compañero. Pasaron años y no dieron con el o los culpables, caso archivado, rumores que hablaban de un extranjero, del zumbado del pueblo o del hijo drogadicto de la Paca, pero nada concreto.
Entonces empecé a dormir a pierna suelta, como si, al contrario que al resto de seres humanos, la inseguridad me diese la calma para dormir sin preocuparme. Y no sólo dormía, es que además tenía algunos sueños recurrentes, un cuervo con dos fichas de dominó que se posaba en San Sadurniño, una llama en la consulta del centro médico y un señor con gafas vintage que pescaba en el puente balones cheos de algo parecido a las almejas.
Y a veces, en esas guardias nocturnas que todavía años más tarde me toca hacer, me cruzo con esos sueños, espejismos, quizás con alguna de esas dos criaturas que fueron víctimas, un cuervo, un señor raro, la pieza que falta,y me veo repitiendo aquella frase de Dale Cooper, “el sueño es una clave que debemos descifrar”.