Paulas

Cambados (1/06/2015)

 

Nadie sabe ya nada, de esa historia quedan muchas variantes, variables concebidas por el paso del tiempo y el aburrimiento del pueblo pequeño, exhausto de las mismas caras, chismes que cumplen años.
Por aquella época empezaron los ilegales, esos que a media noche se metían en el barro y se ponían tibios de mariscar lo que no era suyo. Pero la fame es la fame, y las ganas de tener un auto más grande que el del vecino mayores.
Así que cuando se acercó la época de recoger los frutos se organizaron grupos de vigilancia, de dos a dos, no se podía quedar el marisco sin supervisión, que el pan de nuestros hijos estaba ahí, en la orilla, a manos de cualquier furtivo aventajado.
No fue muy difícil hacer los turnos, todos nos pusimos de acuerdo en seguida, intereses comunes hacen que hasta los tercos admitan un cambio. Yo hice varios turnos de noche, no me importaba, ya sufría de insomnio así que me presté a ello.
La noche del turno fatídico, la noche de las dos Paulas, yo estaba plácidamente en casa, casi dormida.  Digo casi porque la ambulancia, las luces de la policía y los gritos me espabilaron de momento. Pero qué pasa. Salimos a la calle, medio pueblo estaba ya allí, cerca de la torre. No se acerquen, no se acerquen, gritaba Paco el policía, pobre, nadie le hacía ni puñetero caso, la confianza da mucho asco. Tardaron una hora hasta que llegó el juez para levantar los cadáveres, en ese tiempo le dio tiempo a casi todo el pueblo a hacerse con la imagen del horror, perversos que somos cuando ni nos lo proponemos. Aun así aquello fue un sablazo, dos de nuestras compañeras estranguladas, abandonadas en pleno puente, como si de monigotes se tratasen. Sí, podría haber sido yo.
Pero ni caso, no quería pensarlo, sólo quería creer que el culpable sería encontrado, o que aquello era un pesadilla más en la que Laura Palmer volvería con un enano bailón a cuchichearme la verdad de lo acontecido.
Claramente las guardias se cambiaron, y después de aquello se hicieron mixtas, ninguna mujer se atrevía ya a cumplir el turno de noche si no era con un compañero. Pasaron años y no dieron con el o los culpables, caso archivado, rumores que hablaban de un extranjero, del zumbado del pueblo o del hijo drogadicto de la Paca, pero nada concreto.
Entonces empecé a dormir a pierna suelta, como si, al contrario que al resto de seres humanos, la inseguridad me diese la calma para dormir sin preocuparme. Y no sólo dormía, es que además tenía algunos sueños recurrentes, un cuervo con dos fichas de dominó que se posaba en San Sadurniño, una llama en la consulta del centro médico y un señor con gafas vintage que pescaba en el puente balones cheos de algo parecido a las almejas.
Y a veces, en esas guardias nocturnas que todavía años más tarde me toca hacer, me cruzo con esos sueños, espejismos, quizás con alguna de esas dos criaturas que fueron víctimas, un cuervo, un señor raro, la pieza que falta,y me veo repitiendo aquella frase de Dale Cooper, “el sueño es una clave que debemos descifrar”.

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