Señales de vida

IMG_20151002_080647 (1)Ayer, porque parece que fue ayer, pasé mi primera noche en este piso, y no, no fue ayer, pasaron ya tres meses, rápidos cual tren de alta velocidad. Allí, aquí me instalé, a caballo entre el centro y un barrio con historia de pescadores que está atravesado por vías de metro y trenes.  Mi balcón da a una calle que a su vez da a una iglesia, del Carmen ambas; mi portal da a otra calle, Peregrino, jodidas casualidades.

Es un edificio impersonal rodeado de otros más castizos, vecinas de moño alto, dientes picados al sonreír, funcionarios, aparcamientos contados, calles estrechas que empiezan a hacerse anchas, casi siempre hay movimiento. Casi porque por la mañana, a las cinco o las seis o las siete, sólo hay espacio, silencio, semáforos solitarios, barrenderos, y algún “flipado” que como yo precisa correr y sudar antes de empezar una jornada laboral que puede ser algo ardua.

Los días pasaron, y sería la inseguridad de no controlar nada, ni la ciudad, ni el trabajo, ni las personas, o la soledad, la que me llevó a mirar atrás más profundamente. Me acerqué a mi pasado, la infancia vuelve a primera plana, conversaciones con mi abuela, mi madre y tías paternas para recuperar parte de la historia familiar que para mí era un misterio. Escapadas a Córdoba, al origen, que me permiten descubrir que hubo muchas pérdidas en ese pretérito.

También lloré, lloro,  el pasado reciente, esas personas que ya no están y que eran un habitual en mi día a día, eso que me era familiar y controlaba, eso que me daba seguridad, bares, caras, calles, pueblos, actividades,… Es difícil empezar en una ciudad nueva con un trabajo nuevo cuando lo abandonado te dejó un buen sabor de boca.

Pero parece que las cosas necesitan un tiempo para enderezarse.

Estos tres meses además de para rememorar han dado para otros quehaceres. Recuperar tiempo con una amistad de gran belleza y humor exquisito que estaba dormida por la distancia, a base de conciertos y cerveza, Sevilla o Granada siempre tuvieron buena música. Encontrar una actividad física semanal, o dos,  que me ayudan a desconectar de toda la vorágine que el cambio conlleva, lo del ashtanga es cierto, ¡leñe! Conocer Ronda. Bañarme en Torre del Mar. Toparme con una persona salvajemente feliz a la que admiro desde el minuto uno por ser tan sincera, fuerte y cariñosa (por cierto, habiéndola encontrado en Málaga es gallega, ¡manda carallo!). Adecuar el piso a mi bienestar y ponerle plantas. Perderme en calles desconocidas y hacer fotos en sus museos y a sus visitantes. Engancharme a “House of cards”…

Y espero que los años que aquí me quedan me regalen más experiencias que al sumarse construyan mi nueva zona de confort, en la que os aseguro me quedaré mucho tiempo.

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4 comentarios en “Señales de vida

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