Percatarse

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Tiene cara de ido, aunque él siempre está, se acurruca cada mañana en el callejón de la Plaza de la Misericordia. Sus dos perros piojosos, mejor educados que un niño de primaria, a esas horas dormitan. A veces está acompañado, una mujer con chándal de un negro perfecto está tumbada a sus pies, suciedad impoluta, vida familiar. Cuando vuelvo del trabajo él sigue allí, sentado, pensativo pero presente, parte del decorado de mi rutina es él. A esas horas ella ha desaparecido o se encuentra cerca con una lata de brebaje mágico, si es con espuma mejor. Pero él es muy educado y siempre me mira a los ojos desde lejos y me saluda, yo también soy parte del suyo.
Otras veces, por la tarde, me lo encuentro en la Calle Cuarteles, allí está más a la vista y pide sin pedir a los transeúntes, porque no habla, no hace gestos ni llamadas de atención, aunque sus ojos, sus ojos están tristes, idos, piden y piden.
Llevaba unos meses huyendo de los detalles, ellos se me escapaban también. Supongo que mi “ido” me descubrió allá por septiembre y yo hasta hace unas semanas no me percaté de su existencia. Mañana dejaré que sus ojos pidan, con un gesto al menos una sonrisa le regalaré.
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