Día de las madres

Sí, ayer me vi reflejada en esa actitud preocupada y protectora y me dio rabia, una rabia dulce y agradable, repitiendo el modus operandi de mi madre, como si fuese una calcomanía de ella misma.Ayer fue el día de las madres, la mía se encuentra a casi 1000 kilómetros así que la llamé  vía teléfonica para recordarle que me sentía muy orgullosa de tanerla por madre. La primera llamada fue por la mañana, no respondía al fijo. No le di importancia, lo intentaría más tarde. Con el paso del día mis intentos por contactar con ella no daban resultado, ni al fijo, ni al móvil, ni al wassap. ¿En qué andará?¿Y si le ha pasado algo? Esas preguntas se multiplicaron con los minutos, no era normal que no respondiese al móvil, algo raro tenía que estar pasando. La angustia aumentaba, a vueltas por casa. Llamé a mi hermano, nada, a él se le había pasado felicitarla y no la había llamado siquiera.
Al fin, a eso de las once de la noche respondió al fijo. Había estado todo el día en el campo de unos amigos y había olvidado el móvil en casa. Le digo que ya podía avisar de que pasaría el día fuera, que hay que ver lo preocupada que me tenía, que mira tú que domingo angustioso me había hecho pasar.  Cuando terminó la conversación con una risa socarrona me hizo un “¡Zas!, en toda la boca” al responderme eso de que peores días le había hecho yo pasar en mi adolescencia.
Como si los roles se hubiesen cambiado y la madre fuese hija y la hija madre.
Una sensación que te recuerda que eres más adulta de lo que aparentas.
Anuncios

15 años

IMG_20150423_211233020~2

Mi amiga de hace unos tres o cuatro meses me ha aconsejado que lo escriba (sí, hay gente que una se encuentra y parece hecha a medida llevándote bien y sintiéndote a gusto desde el momento uno). El otro día ella me dio la idea entre risas, con ese humor que la define, venga, escríbelo, plásmalo en tu blog. Me asaltó una duda, “tía, ¿y si él lo lee y me decubre?, aunque pensándolo bien no creo que sepa ni que existo.”Así que heme aquí señor contando que el amor de mi vida existe, es real, de carne y hueso, bajito, ojos pequerrechos, gafapasta total. Sí, y vive en mi mismo pueblo, Villamordor.
Hace unos dos meses por la amiga del novio de una amiga en común coincidimos ante una mesa y unas cañas. Fue una hora y media aproximadamente de conversaciones animadas entre todos, incluido él. Yo, sin embargo, quedé medio muda, al estómago le entró un nervio raro y las manos me sudaban de golpe, cuando decía tres palabras seguidas hasta tartamudeaba. Yo, que soy la extroversión personificada me hice pequeñita y callé y observé y me deleité.
Esa noche fui a casa con una sensación rara, me costó dormir. Las semanas siguientes trancurrieron dentro de su normalidad, de vez en cuando, más de lo que yo quisiera volvía su imagen a mi cabeza. Pero a veces, soy de cabeza  alemana,  no escucho a mis tripas, así que lo obvié.
Hace unos días, cuando ya suponía ese pequeño capítulo infantojuvenil olvidado, salí a tomar un algo con mi amiga de hace tres o cuatro meses. Estaba yo contándole  un viaje ante dos vinos cuando él entró en el bar, así, de golpe, y yo, parece que quedé muda y lo seguí con la mirada girando mi cabeza hasta el fondo.
Mi amiga me dio un manotazo, “pero tía, ¿qué te pasa?¿Lo conoces o qué?¿Hay algo que me tienes que contar?” Yo por lo que se ve tardé unos segundo en reaccionar, “Ah, sí. ¿Por dónde íbamos? No pasa nada, sigue contándome lo que me estabas contando”.  Y ella se empieza a reír y me dice que era yo la que estaba hablando y le respondo que no recuerdo de lo que estaba hablando, que se me ha quedado la mente en blanco. Mientras se supone que moví mi silla hacía un filo de la mesa y seguía con mi cabeza en aquella dirección en la que él desapareció (digo se supone porque no lo recuerdo).
“Tía, pero despierta, que se te acaban de caer las bragas en público” . Con otro codazo me pone recta, me empuja hacía mi sitio original y me insiste en saber toda la historia de ese tío que ella desconoce. Le cuento que sólo lo había visto una vez, que coincidimos por amigos comunes y que tiene novia.
Entonces describe mi reacción y yo le digo toda digna que no fue para tanto, que exagera, que esas cosas sólo le pasan a los chavalitos de quince años, que para una mujer de treinta y cuatro como yo, hecha y derecha, esas cosas no tienen lugar.
Ante mi discurso no le queda otra que reirse y decirme aquello de escríbelo en tu blog.

Nimiedades

Nimiedad

– ¿Sabes? Me gusta el sonido que producen las conchas de la playa cuando las pisas, es un crujido casi imperceptible pero grato. Y cuando al caminar sobre la nieve el pie se hunde en el hielo y un chirrido aparece das el siguiente paso hasta con más ilusión si cabe.
– Hay placeres aparentemente nimios que pasan desapercibidos y ni les prestamos atención. A mí me pasa algo similar pero con los olores, adoro la pintura, y si es gasolina me vuelvo loco. Hay determinados detergentes de lavadora que son un sueño de verano. Y el café, el café, ese olor sí que lo disfruto.
– ¿El café? Si a ti el café no te gusta.
– Eso no quiere decir que el aroma no me sea agradable.
– Eres raro.
– Y tú la más normal del planeta Tierra, claro está.
– Hombre, que te gusten los olores químicos es algo poco corriente, no sé, la gasolina, la pintura,… Supongo que tu cerebro tiene alguna parte conectada de otra forma diferente al resto de los humanos. Estaría bien poder estudiar eso, ¿por qué unas sensaciones pueden ser agradables a unos y totalmente molestas a otros? ¿Qué hay aquí dentro que provoca eso?
– Seguro que los neurólogos estarán trabajando en ello, pero si quieres pasamos a la acción y te provoco unas cuantas sensaciones de esas que sé de sobra te son placenteras.
– No pierdes una oportunidad, ¿eh?.
– Según Da Vinci todo nuestro conocimiento nos viene de las sensaciones.
– Pues venga, maestro, empecemos con la clase.

Mi primera vez (II)

Ella tendría unos once o doce años, lo recuerdo porque me contó que cuando todo esto acaeció estaba en sexto curso de la antigua Primaria de la E.G.B. Me lo relató una noche de copas después de una dura jornada de vinos. Ya sabes, cuando uno tiene algo de alcohol y está a gusto acaba relatando cosas de este estilo. Empezamos a hablar de nuestras primeras veces, hay muchas primeras veces en muchos aspectos de la vida, me decía toda risueña, conducir, beber cerveza, llevar una bici,…¡ah! claro, y también follar. Después seguimos contando ese primer chico o chica con la que cada uno compartió ese instante, qué sentimos, qué mal lo pasamos y qué nervios. Y al término me preguntó, bueno,¿y tu primera vez de lo de verdad? ¿Con qué edad fue? Como puse cara de paleto y de no entender nada pasó a explicarse un poquito mejor, me refiero a tu primer orgasmo, porque no irás a decirme que fue ya con 14 años, que yo sé que los chicos empezáis muy temprano a restregaros con la almohada. Me puse un tanto colorado, y le admití que realmente no tenía un recuerdo concreto de ello, que sí tenía vagas reminiscencias de juegos con vecinas y de la búsqueda constante de rozar aquello con lo que fuese, pero no un momento exacto en el que eso ocurriese por primera vez. Ella, sin más, pasó a contarme como fue su primera vez. Como te dije le ocurrió estando en 6º de Primaria. En su colegio había una profesora que daba miedo, repartía capones, tiraba de las orejas y te llamaba inútil a la primera de cambio; era tal su fama que la llamaban la Bruja, y más de uno se había hecho ya pis del miedo ante ella. Pues un día en su clase, que eran unos cuarenta niños, esa profesora les estaba explicando algo de matemáticas. Sin embargo ella en vez de estar ojo avizor a la maestra estaba embelesada leyendo una nota que otro compañero le pasó en la que había un dibujo mofándose de la Bruja. En ese instante la Bruja la señaló con el dedo pronunciando su apellido, tú, Rodríguez, ¿podrías decirme qué resultado daría esta operación? La pizarra estaba llena de números que ella en ese instante no lograba entender, las manos empezaron a sudar, el corazón a latirle más y más fuerte, sabía que se estaba jugando el tipo, que en cualquier momento le caería un coscorrón y una tanda de insultos. Pues… Estoy esperando, ¿no lo tienes claro o qué, zoquete? Ella cruzó las piernas, le temblaba el cuerpo. Y justo cuando la Bruja se acercó gritándole que tenía que estar atenta y varias cosas más sintió una energía que nunca antes había sentido, una sensación placentera que se centraba en su entrepierna. Cerró los ojos, apretó los puños y disfrutó de algo que nunca antes había sentido, algo a lo que en ese instante no sabía ponerle nombre, había sido un orgasmo, su primer orgasmo.