Filosofía

 “No somos todo lo que decimos pensar, ni decimos todo lo que pensamos que somos, y realmente no somos lo que pensamos ni decimos, más bien lo que hacemos. Hacer es el verbo, la acción nos empuja, movimientos perfectos, músculos que se estiran y contraen, articulaciones que giran, respiramos, suspiramos.”
Después de la parrafada ella no sabe a qué atenerse ni pensar, queda paralizada mientras sus neuronas conectan toda la información para poder hacerse una idea de lo que su profesor de filosofía le está explicando, aclarando. Porque ese tema ya lo trabajaron hace dos meses, pero ella tan dada a los números no es capaz de hacerse con los conceptos filosóficos-antropológicos del Macho.
Macho está bien considerado en el instituto, es recto, serio, tranquilo, sabe llevar a los salvajes de la E.S.O.  y de Bachillerato. Pero todavía corren habladurías de años ha, rumor que como un fantasma de cadenas gruesas que hacen ruido siguen persiguiéndolo. Nadie sabe a ciencia cierta si es verdad que lo pillaron en el Departamento de Filosofía tirándose a la mujer de su compañero de Matemáticas. Después de 10 años el bulo ha cambiado de compañero de Departamento, de edad de la esposa infiel, hasta de número de mujeres intervenidas en la mesa del Macho. Lo que sí está claro es que el Macho ya no cierra la puerta de su despacho nunca, siempre de par en par, para que todo el mundo pueda avistar su mesa impoluta de culpa y vejaciones.
Así que ahora ella intenta no mezclar Aristóteles con Maquiavelo, sentada sigue escuchando el discurso monótono de su profesor, lo ve dar vueltas por la sala, parece que le aconseja algo. “Como te he dicho en el examen tienes que…” Pero su cerebro, el de ella, sigue pensando que tiene una espalda maravillosa, una voz de locura y que es el tío más interesante de todo el instituto, esos niñatos de mi clase hasta huelen mal.
 Al término de la tutoría la alumna se despide con un gracias Don Luís, el profesor que si con mucho gusto, Susana. Salen del Departamento y cada uno va por su camino, pasillos por los que siguen cruzándose sombras de un pasado inciertamente indiscutible.

En recuerdo de aquel profesor de Historia que tanto admiramos varias generaciones seguidas de alumnas (nada es real,nada es mentira)

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Mi primera vez (II)

Ella tendría unos once o doce años, lo recuerdo porque me contó que cuando todo esto acaeció estaba en sexto curso de la antigua Primaria de la E.G.B. Me lo relató una noche de copas después de una dura jornada de vinos. Ya sabes, cuando uno tiene algo de alcohol y está a gusto acaba relatando cosas de este estilo. Empezamos a hablar de nuestras primeras veces, hay muchas primeras veces en muchos aspectos de la vida, me decía toda risueña, conducir, beber cerveza, llevar una bici,…¡ah! claro, y también follar. Después seguimos contando ese primer chico o chica con la que cada uno compartió ese instante, qué sentimos, qué mal lo pasamos y qué nervios. Y al término me preguntó, bueno,¿y tu primera vez de lo de verdad? ¿Con qué edad fue? Como puse cara de paleto y de no entender nada pasó a explicarse un poquito mejor, me refiero a tu primer orgasmo, porque no irás a decirme que fue ya con 14 años, que yo sé que los chicos empezáis muy temprano a restregaros con la almohada. Me puse un tanto colorado, y le admití que realmente no tenía un recuerdo concreto de ello, que sí tenía vagas reminiscencias de juegos con vecinas y de la búsqueda constante de rozar aquello con lo que fuese, pero no un momento exacto en el que eso ocurriese por primera vez. Ella, sin más, pasó a contarme como fue su primera vez. Como te dije le ocurrió estando en 6º de Primaria. En su colegio había una profesora que daba miedo, repartía capones, tiraba de las orejas y te llamaba inútil a la primera de cambio; era tal su fama que la llamaban la Bruja, y más de uno se había hecho ya pis del miedo ante ella. Pues un día en su clase, que eran unos cuarenta niños, esa profesora les estaba explicando algo de matemáticas. Sin embargo ella en vez de estar ojo avizor a la maestra estaba embelesada leyendo una nota que otro compañero le pasó en la que había un dibujo mofándose de la Bruja. En ese instante la Bruja la señaló con el dedo pronunciando su apellido, tú, Rodríguez, ¿podrías decirme qué resultado daría esta operación? La pizarra estaba llena de números que ella en ese instante no lograba entender, las manos empezaron a sudar, el corazón a latirle más y más fuerte, sabía que se estaba jugando el tipo, que en cualquier momento le caería un coscorrón y una tanda de insultos. Pues… Estoy esperando, ¿no lo tienes claro o qué, zoquete? Ella cruzó las piernas, le temblaba el cuerpo. Y justo cuando la Bruja se acercó gritándole que tenía que estar atenta y varias cosas más sintió una energía que nunca antes había sentido, una sensación placentera que se centraba en su entrepierna. Cerró los ojos, apretó los puños y disfrutó de algo que nunca antes había sentido, algo a lo que en ese instante no sabía ponerle nombre, había sido un orgasmo, su primer orgasmo.

Mi primera vez (I)


– Pues mire usted he venido por eso, porque mi primera vez fue hace poco y me impactó tanto que empecé a llorar y a llorar, y él se quedó petrificado.

– ¿Petrificado?¿Por qué?

– Pues hija, es que claro, yo a ese hombre no lo conocía de nada. Bueno, de nada da nada no, que yo no soy una fresca que se acuesta con cualquiera. Yo lo conocía porque era el portero del colegio al que yo llevaba a mis hijos cuando eran pequeños. Nunca hubiese pensado que años después acabaría en su piso sufriendo un electroshock de esos. Que mi marido descanse en paz era muy bueno, muy trabajador pero yo del sexo no me enteraba, era como una tarea que debía cumplir¿Por dónde iba?

– Me estaba explicando lo del electroshock, que creo que se refiere usted realmente a un orgasmo, ¿no es así?

– ¿Orgasmo? ¿Eso no es una palabra muy verde?

-No, Señora, eso es como se define la sensación que usted describió.

– Pues sí, me dio un orgasmo de esos como usted dice, vibré de arriba abajo, me mareé y empecé a llorar. Él se asustó, pensó que estaba triste o que me había hecho daño. Yo no podía ni hablar. Él me estrechó en sus brazos y me acarició el cabello. Me entró pena, desde ese día no paro de llorar, así llevo una semana, ni duermo ni como.

– ¿Llorar? Pero si el sexo y los orgasmos son lo más sano que hay en el mundo.

– No me entiende, ¿verdad? No paro de llorar porque tengo 62 años y pienso en todos esos electroshocks que me he perdido y en lo ignorante que he sido toda mi vida, y en mi Paco, que en paz descanse, que el muy puñetero no me averiguó nunca esos orgasmos.

– ¿ Y no le apetece llamar a ese portero que le ha provocado ese orgasmo y repetir?

– ¿Usted cree que debería llamarlo? En verdad cuando bajó con su cabeza ahí abajo no me esperaba que… bueno, usted entiende, que un hombre podía hacer esas cosas con la lengua.

– Señora…, la única solución que veo a su tristeza o pena es llamar a ese hombre,  tomarse con él un café y repetir si su cuerpo se lo pide. No lloré por lo perdido, alégrese de lo descubierto.

– ¡Dios la bendiga, Doctora!

Suores

Era un dinosaurio, te lo digo en serio. ¿¡¡Qué dices!!!?, ¿un dinosaurio? Lo habrás pasado mal, estás sudando. Sí, menuda pesadilla, mira, tengo la camiseta chorreando. Ella pone la mano sobre su hombro y en el acto su cara medio dormida se transforma en un gesto de repulsión profunda. Bah, ¡qué asquito! Anda y págate una ducha, yo voy preparando el desayuno.

Y ¿tú?, ¿soñaste algo hoy? Sí, siempre sueño, pero raras veces me acuerdo. Hoy me acuerdo mucho, pero mucho, de lo que soñé. Ella se calla mientras restriega el tomate en el pan. Sigue dándole vueltas a su sueño, intentando no olvidar y recordar cada detalle de las imágenes que la acompañaron durante la noche. Bueno, ¿entonces?, pregunta él curioso ante el silencio poco habitual en su mujer. Entonces, ¿qué?. Pues que qué has soñado hoy.

No gran cosa, un baño en el mar, estaba muy relajada, un azul transparente. ¿Y nada más? No, nada más, ¿por qué preguntas tanto? Pues no sé, creo que en el sueño habría alguna persona más,¿no?,  o ¿estabas tú sola? ¿Cómo sabes que en mi sueño había otra persona? ¿La había o no? Sí, claro. ¿Era un hombre? Sí, lo era, ¿cómo lo sabes?Antes de responder él coge aire, aprieta bien el cuchillo de la mantequilla e infla la vena enervada de la frente.

Antes de que sonara el despertador, una hora antes, me despertaste con tus jadeos y con tus movimientos eróticos festivos. ¿Cómo? Sí, lo que oyes, estabas retozando como una yegua en celo, y en un momento en concreto soltaste un nombre masculino. Bueno, ¿y qué?, ¿qué esperas de mí con esa cara de buzón de correos? Al menos pide disculpas por acostarte con otro, ¿no? ¿Pero qué majaderías dices? Ella deja el pan sobre el plato y pone los brazos en jarras. Él sigue rígido sin poder soltar el cuchillo. Sí, ¡admite que  estabas echando un polvo con un tal Juan!, seguro que cuando decías Juan te referías uno de tus ex, admite que te lo has pasado bomba con otro y en nuestra propia cama mientras yo tenía una pesadilla con dinosaurios.

Ella se levanta y se lleva el plato a la cocina, no puede creer lo que le está pasando. No quiero empezar el día así. ¡Hostia!, con lo bien que lo pasé en el sueño y con el buen ánimo que me había levantado y ahora éste viene a joderlo. Mientras recoge la cafetera llega él todo ofuscado, tira las tazas en el fregadero. y la coge por el brazo para obligarla a mirarle a los ojos.Entonces, fue eso, eso ha sido tu sueño, ¡te has acostado con un cualquiera!

Ella se suelta, levanta la cabeza. Pues sí, si eso es lo que querías saber ya lo sabes, ha sido un polvo espectacular, supino y sobreesdrújulo con otro tío al que ni conocía, y ¿sabes?, me ha encantado, y ojalá pudiese dominar mi inconsciente y controlar así mis sueños, estaría todas las noches en la cama abierta de piernas. Ella se va al baño, no le molaría nada estar en la cama con desconocidos, lo sabe de sobra, sabe que en los años de matrimonio que llevan juntos han aprendido lo que les gusta y da placer, pero ha sido a base de trabajo diario, de querer disfrutar ambos, sabe de sobra que un polvo con  cualquiera como cuando estaba soltera solía dejarla a dos velas porque el cualquiera tendía el 90% de las veces a ir a lo suyo.

Él la sigue hasta el baño y la mira a través del espejo con cara de dolor.Ojalá el dinosaurio hubiese acabado conmigo. Ella se mete en la ducha. No caerá esa breva.

Frutería ambrosía

 

Nunca una frutería escondió tanto...

Nunca una frutería escondió tanto…

Nunca la miraba a los ojos, me daba un no sé qué, como si una corriente subiese por mis pies y fuese directa al corazón, dejándome inútil, débil. Trabajaba los veranos en la frutería de mis padres, ellos ahorraban en un sueldo, a cambio yo estudiaba derecho el resto del año con sus horas de sudor. Además me libraba de peligros juveniles, borracheras, posibles peleas y accidentes de moto, mis padres siempre me mantuvieron ocupado, el aburrimiento no lo conocía.

Pues ella, esta historia es por ella, venía cada mañana a por la fruta de su prole, vivía justo en el portal de al lado, un piso luminoso que compartía con su marido y sus dos hijos. Ella aunque casada era muy joven, no tendría más de treinta y era una mujer de verdad. No como esas chicas locuelas que andaban con mi pandilla, no, nada que ver. Curvas, muchas curvas, piel dorada y voz de ensueño, pantalones ajustados sin llegar a ser ordinarios, camisas holgadas que intentaban disimular unos pechos que aun después de haber amamantado a dos crías todavía seguían tersos. Claro que me ponía nervioso, y se me caía la fruta al ponerla en las bolsas, o no atinaba a marcar un precio, o se me olvidaba de golpe sumar y no podía decirle cuanto era todo. Niño, no parece que de golpe te has vuelto tonto, anda y déjame a mí que yo me encargo de servir a Luisa. Y me apartaba a un segundo plano a colocar cajas sin quitarle ojo a Luisa.

Luisa de algo se dio cuenta, porque una de las mañanas que yo me encontraba solo en la tienda, mi madre estaba en casa peleándose con la lavadora, ella empezó a contarme que si su marido tal que si sus hijos cual, yo como corderito escuchaba atento sin atender a nada más que a su boca y esa forma que tenía de gesticular tan italiana. Sí, eso debía ser, seguramente tendría algún ascendiente italiano. No sé qué le dije, ni de cómo me las apañé, pero me ofrecí a subirle la compra al cerrar, que hombre, todas estas bolsas son mucho peso para usted sola.

Y a medio día,justo después de cerrar, me planté en su casa con la sandía, el melón, las peras, las berenjenas y el calabacín. Pasa, pasa, no seas tímido que no muerdo. Mis hijos están en casa de su abuela, en Lugo, y mi marido hoy tiene que repartir por la zona de Orense. Me invitó a comer, yo llamé a mi madre a ponerle la burda excusa de que había quedado en pasarme por casa de Francis y que de allí me iba directamente a la frutería para abrir por la tarde. En ese instante, cuando yo estaba mintiéndole a mi madre ella me miró y entonces comprendí porqué estaba engañando a mi madre, la electricidad volvió a mi cuerpo y cedimos a las tensiones, había que relajarlas y cumplimos como animales.

Después de aquella vez durante ese verono vinieron algunas más, aprendí a esconderle a mis padres mis visitas y ella a sus hijos y marido. Era como un juego para ambos que hacía nuestras vidas más entretenidas.

La última vez que la vi en su casa fue algo bochornoso, sabía que su marido esa semana andaría por el País Vasco y que sus hijos tenían una fiesta en un pueblo cercano y que no estarían. Cogí para ella unas fresas y unas cerezas, después de retozar le entraba un hambre canina y le  encantaba comer este tipo de fruta. Timbré, tardaban en abrir y oí unos pasos por el pasillo acercarse a la puerta, me temí lo peor, pues no eran sus típicos pasos de ratoncilla, eran más rígidos, empecé a sudar pensando en las distintas formas en las que su marido podría estrangularme.

Al abrirse la puerta no apareció su marido, no, para mi sorpresa apareció mi propio padre con la cara roja de sudor, sin más me empujó a un lado. Pero chiquillo, ¿qué traes ahí? Si acabo de entregarle a la Luisa todo su pedido, las verduras, los melocotones y demás. Me quedé con cara de imbécil, no sabía qué decir, todavía estaba procesando el hecho de que mi padre también “ayudaba” a Luisa con la compra.Pues…, pues estas fresas… y cerezas, creo que… que… las olvidó esta mañana en la tienda. Sí, ahora que lo recuerdo, es verdad, no amonestes a tu hijo, anda, que la culpa fue mía por olvidarme esa bolsa. Ella mantuvo la compostura, como si sólo me conociese de la frutería. Mi padre se hizo el que no quiere saber, nos despedimos con una hasta otra Luisa y bajamos los dos  en silencio, uno junto al otro, asombrados por lo que acababa de ocurrir.

Lo único que mi padre acertó a decir fue algo así como, anda, parece que el verano se acaba.

Conato de amor

Ellos

¿Que qué me gustaba de él? No sé, no era sólo una cosa, era el conjunto. Podría empezar por su voz, la primera vez que lo vi realmente no lo vi, simplemente me deleité en su voz, limpia, directa y dulce llegó a mis tímpanos, de ahí al cerebro, al corazón y unos centímetros más abajo también. Me ponían nerviosa sus labios y me excitaba como pronunciaba cada palabra. En ese primer encuentro tuve la oportunidad de saber que era soltero y trabajaba de locutor en la radio. Claro, con esa dicción no podía dedicarse a otra cosa, pensé mientras me daba el gusto de escuchar su discurso.

También estaba su olor, no su colonia, no, eso no, me refiero a su esencia corporal. Ese día, el que lo conocí, estábamos en la fiesta de cumpleaños de una amiga común, era verano, unos treinta grados,  en la playa festejando hasta el anochecer, me llegó su aroma personal, ese íntimo que a veces te puede hacer odiar a una persona de golpe o quedarte gilipollas por ella durante unos años.

Esa noche NO vino el primer beso, SÍ mostramos un interés fuera de lo común el uno por el otro, ni siquiera intercambiamos teléfonos, a ninguno de los dos se nos ocurrió, enfrascados que estábamos en observar, escuchar y saber del otro. Fue un mes más tarde cuando nos volvimos a encontrar, esta vez no fue nada romántico, en el supermercado cargando unas bolsas me caí de culo por las escaleras, al levantarme él estaba allí de pié, y lejos de darme la mano se reía a carcajada limpia mientras una señora me ayudaba a recoger las bolsas y lo que quedaba de mi dignidad.

Después se acercó a decirme,”lo siento, lo siento, no me pude parar de reír y además tu cara de enfado es muy simpática”. Me cagué mentalmente en su familia, pero al hablarme fue aplacando mi mala hostia, además me invitó a un café por el desatino de su conducta. Esa tarde me acompañó a subir la compra y bajarme las bragas. Nos besamos en cuanto abrí la puerta de casa, la compra quedó en la entrada durante horas, a las tres de la mañana se fue, sin dormir, cansados pero llenos de hormonas de la felicidad. Esa noche, además de su voz y su olor, pude apreciar que era atractivo, que me gustaba como me tocaba y que en la cama nos entendíamos bien. Durante varios meses nos dedicamos a sudar sin pedirnos nada más a cambio.

Pero el roce hace que las cosas vayan tomando un cariz diferente poco a poco, y yo me fui colgando de él como una imbécil, me apetecía no sólo acostarme con él, también conversar y reírnos del mundo en nuestro mundo.

A mí me pasó lo mismo que a ella, me enganché de una forma descomunal, y ya no era sólo eso, sexo, eran ganas de dormir a su lado, de tenerla cerca y verla sonreír. Así que dimos un paso más, y empezamos a salir de la cama y a vernos con ropa, una peli en el cine, un paseo, una exposición. Ambos sentíamos que nos correspondíamos, ella escuchaba mi programa de radio cada mañana, yo seguía su columna en el periódico sin faltar un día. La admiraba por como escribía, cómo de una idea difusa era capaz de relatar una historia o argumentar cualquier opinión. Me gustaba como besaba, su trasero en bragas negras y sus manos posándose en mi espalda.

Sin embargo nos pasó lo que estaba claro iba a pasar, lo que NO a todo el mundo le pasa después de unos años, todavía seguimos saliendo, riendo y follando, todavía hay admiración mutua y perversión en la cama.