Coto da Lagoa

Galicia 2014

Allí soy feliz y aquí también, pero cuando regreso por allí una sensación salvaje de libertad vuelve a mi ser. Como una vez alguien me dijo, la infancia que tuviste hoy sería un privilegio. No lo niego, aquellos cinco años siguen intactos en mi cabeza, como si todo hubiese ocurrido ayer mismo. Y es que hoy en día con tanto cachivache, con esos móviles modernos con los que se supone estamos más conectados, más informados, y con esa vida apresurada que parece que el día se nos queda corto,  los niños no tienen un espacio para aprender, ni correr, ni se ensuciarse en el barro, ni trepar, ni rodar, ni cuidar de animales, ni descubrir plantas, insectos, la vida. La vida hoy parece reducida a una continua pantalla táctil en la que nuestros contactos están en línea siempre, paparruchas modernas que nos alejan más a unos y a los otros.

Por eso cuando vuelvo a este lugar, a estas ruinas, me estremezco y torno a ser una niña de 2 años que camina monte arriba al Coto da Lagoa detrás de un cochinillo. Porque todos los vecinos saben que la aquí presente no subió esos kilómetros en faldas de su madre ni montada en la mula, no señor, yo con mis dos añitos y pensando que era un juego subí divertida andando detrás de un cochinillo hasta el nuevo cuartel civil de aviación, mi nuevo hogar, donde mi padre había sido designado vigilante.

Lo más cómico del asunto es que ese cuartel nunca funcionó, pero mientras mi progenitor tuviese allí arriba su puesto nosotros viviríamos entre esos muros. Fueron cinco años de juegos con animales, de caminos y carreras solitarias por el monte, de risas y lloros aislados pero tan plenos que al ver de nuevo estas vistas y respirar el aire me emociono, mi infancia duerme aquí.

El otro día, sin ir más lejos, subí con otros amigos a pasear y nos encontramos con un grupo senderista. Un tal Juan, un chico del Club Montaña de Ferrol, estaba junto al depósito del agua explicándole al resto, por donde se veía Coruña, por donde San Andrés de Teixido, la historia, la piedra que pisaban, granito, y los metros a los que estaban. También les aclaraba lo del cuartel que nunca tuvo uso, aunque yo no sería la misma persona sin esos años en la Lagoa.

Si miro atrás me quedo con el día aquel en el que un cerdo se encaprichó y vino detrás mía arremetiendo, y yo corría como alma que lleva el diablo pegando saltos y gritos, y detrás del cerdo el perro ladrando, intentando ayudar a la enana de la casa. Tres bichos haciendo una tira cómica que mi madre nunca olvidaría del ataque de risa que le dio al vernos en aquella situación

O ese otro día, cerca de las navidades, en el que había que preparar el pavo. Y claro para poner jugosa la carne teníamos que emborrachar al pavo, y el pavo tomó coñac para ponerse en su punto y yo que compartía tanto con esos animalillos me dediqué a imitar al pavo y le di unos cuantos buches a la botella y acabé como el pavo, dándole vueltas al sentido de la vida.

Son pequeñas  grandes cosas que me ocurrieron entre los dos y los siete años, que me regalaron una niñez de verdad, allá arriba, en el Coto da Lagoa, olores, ruidos, sabores que ninguna pantalla podrá regalarle nunca a los niños de hoy.

 

(Real o invención, todo entra; gracias, Carmen de Ferrol)

Anuncios

Wolframio y papel

Agradecer a los guías do Concello de Lousame, Maite, Germán y Manuel , la ruta, la compañía y la simpatía derrochada con nuestro club, Cen Pes

Recuerdo la salida de Bélmez nítidamente, podría ser el año cuarenta y algo, más o menos, mis hermanos, mis padres y unas pocas pertenencias a los hombros, atrás quedaba Córdoba, lejana y sola. Tardamos mucho tiempo en llegar a Galicia, mis hermanos eran más pequeños y lo recuerdan vagamente, a mí se me hizo el viaje eterno. Mi padre había oído hablar de las minas de wolframio de la provincia de Coruña y como por Bélmez la crisis parecía no marchar y nuestros estómagos empezaban a notarlo decidimos irnos al norte, a buscar un futuro, pan, también pan.

Llegamos a la zona de Lousame y en poco tiempo, y gracias a algunos contactos, mi padre consiguió un puesto en las minas de San Finx y un sitio para nosotros. Nos alojaron en las Casas Baratas donde otras familias de mineros vivían, al principio me costó hacerme a la lengua que esta gente manejaba, el clima no ayudaba mucho, la humedad se metía en los huesos y el frío nos jugaba malas pasadas. Pero mi padre era duro como el estaño y cada día marchaba a la mina a sacar de la piedra nuestro plato de comida. Mi madre que no le iba a la zaga se buscó un puesto como aguadora quitando la sed a los trabajadores de la fábrica, no le pagaban mucho, lo justo para sobrevivir los cinco.

Yo ocupaba el día cuidando de mis dos hermanos pequeños, y de vez en cuando hacía excursiones por la zona, oía las conversaciones de aquella gente y descubría ríos y montes maravillosos. Poco a poco adquirí un fondo físico que me permitía recorrer grandes distancias en escaso tiempo y la gente que empezaba a hacerse a mi acento y mi pinta de gitanillo del sur empezó a pedirme que le dijera a tal vecino que vivía en tal sitio tal cosa, vamos, un recadero a la antigua usanza.

Río Vilacoba. Fotografía de Mela Estévez

Río Vilacoba. Fotografía de Mela Estévez

Así me crucé con ella, Maite. Un día, de esos tantos que llenaron mi juventud, caminaba cerca del río Vilacoba, caudaloso, rodeado de verde y asediado por cinco fábricas de papel me parecía un rincón hermoso, sí, aún habiendo esas fábricas me seguía pareciendo bello. Pues uno de esos días la vi y no pude resistirme a seguirla y ayudarla con la madera que cargaba, ella parecía un ángel, toda rubia de ojos claros, me dijo que llevaba madera a la mina, que así se ganaba algo y que su madre estaba muy enferma y con el sueldo de la fábrica de papel de su padre no daba para toda la familia. Ella no parecía agotada, fuerte que estaba, la costumbre hace al cuerpo, me dije.

Papelera de Fontán. Fotografía de Mela Estévez

Papelera de Fontán. Fotografía de Mela Estévez

Varios días, semanas después, ya éramos amigos íntimos, yo sabía que su padre era un trabajador de la papelera de Brandía, que su madre sufría dolores y  no podía salir de casa y que tenía dos hermanas mayores que no poseían su azul en las pupilas ni su amarillo en el pelo ni su blanco en la piel. Pensaba que ella era única, un arcángel mandado para hacernos la vida más llevadera a los hombres en la tierra, suspiraba por ella, día, noche, tarde y mañana.

Hasta que una de esas jornadas, caminando por el monte, me contó una confidencia, algo extraño, me dijo que tenía algún antepasado inglés, de los que empezaron las minas años atrás, su abuelo, eso creía ella, que por eso tenía los rasgos que tenía y que por casualidad sus hermanas no habían heredado ese aspecto, pero ella sí, y se sentía rara, diferente, porque la gente la miraba raro y ella sentía vergüenza. Le di palabras de aliento y consuelo.

Maite,no te miran por rareza, te miran así porque eres especial, ¿ves ese monte de allí? ¿Qué te parece? Diferente, porque es el único que está un poco pelado. ¿Y yo?¿No te parezco dispar con el acento raro que hablo? Pues sí, dijo ella sonriendo. Pues eso Maite, que la gente te mira raro porque eres especial, bonita y distinta, y como alguno te mire de alguna forma de más me avisas que con estas manos lo pongo en su sitio. Las carcajadas aparecieron, y aunque eran unos años difíciles de trabajos duros y hambre continua fuimos capaces de hacernos la vida más apacible el uno al otro. Tanto que nunca me separé de ella y aquí eché raíces y ya no pude moverme de Lousame, un sitio diferente, raro y especial.

Papelera abandonada. Fotografía de Mela Estévez

Papelera abandonada. Fotografía de Mela Estévez

Papelera abandonada. Fotografía de Mela Estévez

Papelera abandonada. Fotografía de Mela Estévez

Ella

Colorados, carrillos colorados como tomates mientras caían gotas de sudor por doquier. La tierra áspera luchaba con el viento, remolinos que azotaban mi piel, tu piel. El sol despotricando sobre nuestras espaldas, cargadas de agua, botellas a medias, gorras, suspiros, de España y Portugal. Sí, de ambos, porque en los Arribes del Duero nos pilló un calor inmenso, allá, en zona fronteriza, donde los límites son fronteras imaginarias, entre Zamora, Salamanca y Portugal, saltando de un lado al otro, el Duero saludaba al Tormes, nosotros seguimos caminando, cuesta arriba y abajo, buscando sombras que no existían, frescor que hasta la tarde no llegaría.Algunos adquirieron cerezas a dos euros el kilo, locos como niños, un sabor que estallaba en la boca, se veían los frutos colgar de las ramas. Seguíamos el camino, a pleno sol, solazo castellano de una primavera casi estival.

Pasamos por algún pequeño pueblo, casas cerradas a cal y canto, porque los pobladores buscaron la ciudad, los hijos se fueron y los padres quedaron. Aquí somos unos 1.000 habitantes, comentó un señor muy amable, y en verano llegamos a unos 8.000, y si hablamos de la semana grande de las fiestas casi 11.000. ¿¡¡Quién da más!!?, me pregunto.

     

Pues yo misma, yo misma daría más por ver el poblado fantasma que ahora veo con sus tiros largos, su alegría y su fuerza genuina. Y dentro de la  desidia del tiempo hay cierto cuidado en las puertas, tiestos con flores, geranios, rosas, gente que se ofrece, te abre la puerta de su casa, te enseña su bodega y te dice que es de sus antepasados,aproximadamente del mil doscientos y pico. Y nuestras miradas se cruzan, admirados, conquistados por la amabilidad, la fealdad y la belleza de un abandono nada mundano.

Pero ya sabes de sobra que fue ella la que me conquistó, ella con su cara de niña, su sonrisa infantil, sus ojos llenos de experiencia, sin miedo, manos arrugadas, veteranía. Ella, con todas sus historias, historias que toman plácidamente el sol el la calle La Alegría.

Y ahora sigo yo, e invento, invento que ella fue la maestra de toda la vida del pueblo, que daba clase al final de la Calle Alegría, que todos los niños, que ahora no lo son tanto, pasaron por sus manos, esos niños que después volaron a estudiar medicina a la ciudad, que a día de hoy son abogados, o dan forma a leyes, niños hombres, hombres niños que corrían a la Poza de los Humos a pelear, a bañarse. Mujeres que bajaban a limpiar la colada mientras los críos atendían a las historias de la maestra en unos pupitres de madera carcomidos, eran cincuenta en clase, masificación, y edades, todas, mezcladas. La maestra sonreía, siempre, como hace en la foto con su pelo blanco. La maestra, el sueldo daba para poco,  admitía los regalos de los padres, unos huevos por aquí, un poco de chorizo por allá, que ahora me han salido unas lechugas muy ricas,…Y así la maestra no pasaba calamidad, y así los niños no pasaron calamidad. Y unos llenaban el estómago de la otra, y la otra llenaba de letras, números y sueños la mollera de los otros. Y entre pitos y flautas pasó el tiempo arrasador, quedando la maestra en la memoria de muchas almas, que en el tumulto de la urbe y la arrogancia de la rutina siempre tendrán unos segundos para volver  el corazón a aquella contadora de historias nata.

Por eso le pedí permiso para fotografiarla cuando nos la cruzamos en nuestro camino, pensé que no debía ser ignorada, era su día grande, vestida con su traje de luces nos recibía, sonrisa por bandera, memoria sedente.